‘SURPLUS’ de Erik Gandini y el ‘Futuro Primitivo’ de John Zerzan. Una oda al anticapitalismo romántico ‘ultraradical’.

Por Christian Castaño.

 

El documental y casi video experimental Surplus: Terrorized into being consumers, realizado por Erik Gandini en 2003,  es uno de los más renombrados trabajos audiovisuales en el ámbito de la discusión crítica frente al capitalismo imperante. Este largometraje propone un interesante debate respecto de los modelos políticos y económicos que rigen el planeta en la sociedad global, desde unos puntos de vista bastante particulares: la propuesta anarcoprimitivista de John Zerzan y la acción directa del Black Block. De esa manera, el director sueco plantea un análisis muy original del capitalismo que pretende apartarse de la ideología comunista inspirada por el marxismo-leninismo, a la vez que recae en una postura utópica y/o reaccionaria, a pesar del carácter crítico y contestatario del film. 

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En Colombia no conocemos la democracia

Por: Mr. Morlock

100 años de guerra
Haga de cuenta que el que aparece en la mitad es el cerdo Duque y advertirá cuán estúpida es nuestra historia.

La enajenación que siente el poblador colombiano de su país tiene magnitudes increíbles. En Colombia se cree que las cosas vienen decididas de antemano por alguna autoridad externa, que todo se desarrolla más allá de nuestra vista. Nunca hemos sido parte de la democracia, pocos son quienes han querido dialogar públicamente (que no gritar o insultar) algo más allá de un debate libreteado y televisado. Como no somos parte de las decisiones que suceden en el aspecto político, tendemos a enajenar el aparato del Estado como una isla extraña de donde salen nuevas leyes y nuevos “pies de fuerzas”.

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Notas al margen de la política turca (pre-referendo)

Ankara 14 de Abril de 2017

[…] porque cada príncipe que, como debía conocer la historia del Estado que habría de gobernar y por lo tanto se veía obligado a leer historias de sultanes que mataban a sus hermanos uno a uno, leyera en cualquier libro de historia cómo su antepasado Mehmet III, en cuanto se convirtió en sultán, ordenó ejecutar uno a uno a sus diecinueve hermanos, algunos niños de pecho, estaba condenado a volverse loco[…]” Orhan Pamuk, El libro negro.

Por: David Palacios

Para poder describir la situación política prevaleciente en un país del que se es totalmente ajeno, sea en el ámbito cultural, en el idioma, solo queda por opción referirse a esta de una forma marginal (más allá de la investigación que pueda realizarse en la lengua propia). No quiere decir esto que haya una imposibilidad declarada de definir los fenómenos políticos en lugares de los que no hacemos parte, quiere decir más bien que el carácter objetivado del que escribe y describe tiene una perspectiva original, que sintetiza el propio vivir separado de los valores oriundos, a la vez que observa escalando dentro de la “entropía” de la política y la vida cotidiana. En este escrito me referiré a la política turca antes del referendo, desde una perspectiva de observador en algún lugar de Ankara, más que para analizar la situación, para dar unas breves indicaciones sobre lo que puede significar lo que aquí se realiza, y cómo esto puede traducirse de manera crítica al lector en español y de los países de occidente.

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La yihad como crisis de sentido: Juventud occidental en busca de Absolutos.

Islam for dummies
“Así, ese viejo sabio musulmán que me ha enseñado mucho sin exigir nunca nada a cambio, me escribía este invierno: Acabo de leer su trabajo sobre la sakina [presencia de Dios] […] es interesante pero falso […] no quisiera mostrarme descortés ni parecerle malévolo en lo respecta  a usted y a sus convicciones religiosas [en vano le expliqué a ese honorable anciano mi agnosticismo, no me hizo caso: para él soy un cristiano…]. Si los “vuestros” [los occidentales] e incluso usted sienten respeto por nuestro modo de pensar y por nuestra religión, es que ésta les domina o que no tienen confianza en la suya […] Porque en este terreno no puede haber ambigüedad [y afirma:] Cuando dos religiones se enfrentan no es para compararse  y hacerse cumplidos, sino para combatirse. Por eso ustedes no oirán nunca de nosotros que respetamos su religión […] Materialmente nos habéis dominado por vuestra fuerza guerrera y vuestro poder económico, pero desde el punto de vista religioso estáis vencidos”[1]

Por: Christian Castaño[2].

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La calidad de la sociedad capitalista monopolista: cultura y comunicaciones – Parte II

Continuación →

Por: Paul Baran y Paul Sweezy

Un profundo estado de malestar psíquico subyace a la demanda de esta clase de literatura, que, además, sirve de distintas maneras a los intereses de las élites. Un anuncio de The Power of Positive Thinking [El poder del pensamiento positivo] de Norman Vicent Peale exhorta a los ejecutivos a «regalar este libro a los empleados. ¡Paga dividendos!». Se afirma que un consumidor satisfecho explicaba que el libro había contribuido a acallar las quejas de sus empleados y había aumentado el entusiasmo de estos por la empresa. Los vendedores tienen «una nueva confianza en lo que venden y en la organización», y el personal de oficina muestra «mayor eficiencia» y una «marcada reducción de la tendencia a mirar el reloj».1 No en balde las ventas del libro de Peale, y otros parecidos, se han visto fuertemente  incrementadas por las compras al por mayor de grandes empresas para distribuirlo gratuitamente entre los empleados.

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La calidad de la sociedad capitalista monopolista: cultura y comunicaciones – Parte I

Fuente: Monthly Review. Selecciones en castellano, 3a época, no 1, septiembre de 2015. Edición online

El siguiente es un nuevo ejercicio divulgativo de nuestra parte para todo aquel que se interese por la teoría crítica de la sociedad y su actualidad en el camino de entender la realidad. Paul Baran y Paul Sweezy fueron unos académicos de un talante extraordinario en lo que comporta sus estudios y escritos (recordémoslos por ejemplo por el excelente estudio alrededor de la economía capitalista: El capital monopolista), sus planteamientos siempre se abrigaban en la seriedad de la evaluación concienzuda y general, que veía los problemas en su todo, y no como nos lo muestran las actuales ciencias sociales, como unas meras partes sin conexión alguna. Esta publicación ha tenido algunas pequeñas correcciones de estilo de su original, y debido a su longitud, se harán dos entregas que esperamos sean de agrado para los lectores.—David P.

Por: Paul Baran y Paul Sweezy1

La cultura de una sociedad incluye la educación de su juventud, la literatura, el teatro, la música, las artes —en resumen, todo lo que contribuya a la «formación y el refinamiento de la mente, los gustos y las maneras […] el lado intelectual de la civilización»2.Para avanzar en la investigación de la cultura del capitalismo monopolista, hemos escogido centrar la atención en dos áreas que nos ofrecen una extensa obra de investigación especializada y que juzgamos decisivas para la naturaleza de la cultura en su totalidad: la edición de libros y la radiotelevisión. Ambos son grandes negocios en la actualidad y, por lo tanto, demuestran hasta qué punto la cultura se ha convertido en una mercancía cuya producción está sometida a las mismas fuerzas, intereses y motivos que rigen la producción de todos las demás bienes.

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Pegarse un tiro en la cabeza porque siempre desesperamos de nuestro yo: La desesperación en Kierkegaard.

 

Snatch pistola
Snatch (cerdos y diamantes) -Guy Ritchie

 

Por: Christian Castaño.

Existen diversas formas de suicidarse: cortarse las venas, tomar cicuta —si no nos acusan de un crimen que no cometimos­—, tirarse de un edificio, mediante sobredosis, etc. pero siempre me ha llamado la atención aquella modalidad de pegarse un tiro en la cabeza, directo en la sien. Esa manera de decirle adiós al mundo y de saludar quién sabe cuál otro, a diferencia de las otras modalidades, se me antoja la más estoica: el suicida, con rostro pétreo e inexpresivo, se pone el arma en la sien y jala el gatillo. En cambio, es difícil imaginarse a quien se tira de un puente sin gritar o sin hacer gestos de horror mientras cae, o imaginarse al que se corta las arterias con una minora sin llorar como una magdalena, sin estar empapado de lágrimas y sin un rostro de dolor no-físico. Siempre que pienso en alguien que decide pegarse un tiro en la cabeza, me lo represento como una persona que, después de intenso desgarramiento interno, después de la angustia y la desesperación, decide ponerle punto final al asunto, rápido, sencillo, pero de manera desesperada, sin darle un tinte de martirio heroico a su determinación. Quienes se suicidan de otra manera, por el contrario, parece que en el momento inmediatamente anterior  a hacer el corte, a beber la cicuta —“La muerte de Sócrates”—  o el veneno de preferencia, tienen una actitud más expresiva, de dolor, de rabia, de melancolía… en fin, no se matan con una cara de palo, y además, toman por objetivo alguna otra parte del cuerpo poco espiritual, como la muñeca, o todo el cuerpo contra el pavimento o algún despeñadero. No se dan directamente en el yo, aunque de paso lo sacrifiquen.

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“LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO” A propósito del tema “De la seducción” a partir de Jean Baudrillard.

gato

Por Christian Castaño.

Ésta frase, que comúnmente utilizamos para referirnos a aquellas situaciones en las que alguien  -incluso uno mismo- ha caído presa de la curiosidad respecto de alguna cosa, acarreando graves consecuencias –al menos en el plano retórico- para el curioso, tiene su origen en un refrán inglés del siglo XVI que rezaba “care kills a cat”, con un primer registro en una comedia de Ben Jonson llamada “Every man in his humour” , representada por la compañía de teatro de Shakespeare y en la que incluso el mismo célebre autor de Romeo y Julieta actuó[1]. Después de mucho tiempo el refrán cambiaría al conocido “curiosity killed the cat”  en el lenguaje cotidiano, y aunque  desconocemos la razón de ello, no debemos ser muy listos para adivinar la respuesta, pues a todos nos ha matado alguna vez la curiosidad, sobre todo en ese juego de la seducción, cuando alguien cae presa de otro que lo acecha –debo admitir que desgraciadamente no es mi caso-.

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