La consigna del software libre como idealismo político

Por: David P.

Hace un buen tiempo que la referencia del “software libre” llegó a mi conocimiento1. Sonaba muy bien y tenía sentido si se miraba además el desarrollo tecnológico que hay detrás: Sistemas operativos de escritorio, programas para computadores personales, scripts, interfaces, etc. En su mayoría, los trabajos a los que accedía dentro de este mundo poseían algo en común, una licencia llamada GPL (General Public License), que establece dentro de la ley unas libertades básicas según ha dicho Richard Stallman (probablemente el líder del movimiento) de distribución, copia, estudio del código y derivación. Es un desarrollo necesario y excelente para el ámbito tecnológico, porque es posible sostener que el software de código abierto (y que contemple las libertades) genera mayor control de usuarios y programadores sobre la máquina que usan (en contraposición al software restrictivamente licenciado, como Skype, que es capaz de darnos una oportunidad para la comunicación, pero que no sabemos cómo trabaja internamente ni a dónde lleva los datos que le dejamos).

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La yihad como crisis de sentido: Juventud occidental en busca de Absolutos.

Islam for dummies
“Así, ese viejo sabio musulmán que me ha enseñado mucho sin exigir nunca nada a cambio, me escribía este invierno: Acabo de leer su trabajo sobre la sakina [presencia de Dios] […] es interesante pero falso […] no quisiera mostrarme descortés ni parecerle malévolo en lo respecta  a usted y a sus convicciones religiosas [en vano le expliqué a ese honorable anciano mi agnosticismo, no me hizo caso: para él soy un cristiano…]. Si los “vuestros” [los occidentales] e incluso usted sienten respeto por nuestro modo de pensar y por nuestra religión, es que ésta les domina o que no tienen confianza en la suya […] Porque en este terreno no puede haber ambigüedad [y afirma:] Cuando dos religiones se enfrentan no es para compararse  y hacerse cumplidos, sino para combatirse. Por eso ustedes no oirán nunca de nosotros que respetamos su religión […] Materialmente nos habéis dominado por vuestra fuerza guerrera y vuestro poder económico, pero desde el punto de vista religioso estáis vencidos”[1]

Por: Christian Castaño[2].

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La calidad de la sociedad capitalista monopolista: cultura y comunicaciones – Parte I

Fuente: Monthly Review. Selecciones en castellano, 3a época, no 1, septiembre de 2015. Edición online

El siguiente es un nuevo ejercicio divulgativo de nuestra parte para todo aquel que se interese por la teoría crítica de la sociedad y su actualidad en el camino de entender la realidad. Paul Baran y Paul Sweezy fueron unos académicos de un talante extraordinario en lo que comporta sus estudios y escritos (recordémoslos por ejemplo por el excelente estudio alrededor de la economía capitalista: El capital monopolista), sus planteamientos siempre se abrigaban en la seriedad de la evaluación concienzuda y general, que veía los problemas en su todo, y no como nos lo muestran las actuales ciencias sociales, como unas meras partes sin conexión alguna. Esta publicación ha tenido algunas pequeñas correcciones de estilo de su original, y debido a su longitud, se harán dos entregas que esperamos sean de agrado para los lectores.—David P.

Por: Paul Baran y Paul Sweezy1

La cultura de una sociedad incluye la educación de su juventud, la literatura, el teatro, la música, las artes —en resumen, todo lo que contribuya a la «formación y el refinamiento de la mente, los gustos y las maneras […] el lado intelectual de la civilización»2.Para avanzar en la investigación de la cultura del capitalismo monopolista, hemos escogido centrar la atención en dos áreas que nos ofrecen una extensa obra de investigación especializada y que juzgamos decisivas para la naturaleza de la cultura en su totalidad: la edición de libros y la radiotelevisión. Ambos son grandes negocios en la actualidad y, por lo tanto, demuestran hasta qué punto la cultura se ha convertido en una mercancía cuya producción está sometida a las mismas fuerzas, intereses y motivos que rigen la producción de todos las demás bienes.

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Un mundo sin un logos

Publicamos este artículo inédito en español, perteneciente a un boletín científico del año de 1964. El eje bajo el cual transcurre el texto son la ciencia y la técnica, la primera, referida a la manera como el ser humano regula su contacto con la naturaleza y con la propia realidad en el momento en que esta pareciera que ya no le pertenece ni se debe a él (algo que viene excelente en la reflexión sobre la descomposición del pensamiento en nuestra época); la segunda, como el instrumento que tiene el hombre para deshacerse del yugo de la determinación que Kant trataría con brillante talante en su dicotomía necesidad-libertad. A partir de un modo de existencia que nace de las luchas entre clases, donde la oprimida continúa su depresión y languidez, la técnica no significa ya un bastión de la transformación cualitativa, es más bien, la manera de reforzar la vigilancia, la represión y la explotación contemporánea en “el mundo de la libertad”. Sugiero tener en cuenta la fecha de este texto, para que además se tenga consciencia de la anticipación realista que significa para nuestra época David P.

por: Herbert Marcuse1

Bulletin of the Atomic Scientists, Volume XX, Number 1, January 1964, Pp. 25-262

Cuando el nuevo método científico destruyó la idea de un universo organizado en relación a un fin último, esto invalidó al mismo tiempo un sistema social jerárquico en el cual los objetos y las aspiraciones del individuo eran predeterminadas por las causas finales. La nueva ciencia, “neutral” como lo fue, ignoró una organización de vida que privaba a la amplia mayoría de la humanidad de su libertad. En el curso de su esfuerzo para establecer la estructura física y matemática del universo, esta tuvo que rechazar además cualquier preocupación por el individuo concreto, el “cuerpo” perceptible. Un proceso tal de abstracción fue completamente validado por su resultado —un sistema lógico de proposiciones que rige el uso metódico y transformación de la naturaleza, con el objetivo de convertir este en un universo controlado por el poder humano.

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Pegarse un tiro en la cabeza porque siempre desesperamos de nuestro yo: La desesperación en Kierkegaard.

 

Snatch pistola
Snatch (cerdos y diamantes) -Guy Ritchie

 

Por: Christian Castaño.

Existen diversas formas de suicidarse: cortarse las venas, tomar cicuta —si no nos acusan de un crimen que no cometimos­—, tirarse de un edificio, mediante sobredosis, etc. pero siempre me ha llamado la atención aquella modalidad de pegarse un tiro en la cabeza, directo en la sien. Esa manera de decirle adiós al mundo y de saludar quién sabe cuál otro, a diferencia de las otras modalidades, se me antoja la más estoica: el suicida, con rostro pétreo e inexpresivo, se pone el arma en la sien y jala el gatillo. En cambio, es difícil imaginarse a quien se tira de un puente sin gritar o sin hacer gestos de horror mientras cae, o imaginarse al que se corta las arterias con una minora sin llorar como una magdalena, sin estar empapado de lágrimas y sin un rostro de dolor no-físico. Siempre que pienso en alguien que decide pegarse un tiro en la cabeza, me lo represento como una persona que, después de intenso desgarramiento interno, después de la angustia y la desesperación, decide ponerle punto final al asunto, rápido, sencillo, pero de manera desesperada, sin darle un tinte de martirio heroico a su determinación. Quienes se suicidan de otra manera, por el contrario, parece que en el momento inmediatamente anterior  a hacer el corte, a beber la cicuta —“La muerte de Sócrates”—  o el veneno de preferencia, tienen una actitud más expresiva, de dolor, de rabia, de melancolía… en fin, no se matan con una cara de palo, y además, toman por objetivo alguna otra parte del cuerpo poco espiritual, como la muñeca, o todo el cuerpo contra el pavimento o algún despeñadero. No se dan directamente en el yo, aunque de paso lo sacrifiquen.

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“LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO” A propósito del tema “De la seducción” a partir de Jean Baudrillard.

gato

Por Christian Castaño.

Ésta frase, que comúnmente utilizamos para referirnos a aquellas situaciones en las que alguien  -incluso uno mismo- ha caído presa de la curiosidad respecto de alguna cosa, acarreando graves consecuencias –al menos en el plano retórico- para el curioso, tiene su origen en un refrán inglés del siglo XVI que rezaba “care kills a cat”, con un primer registro en una comedia de Ben Jonson llamada “Every man in his humour” , representada por la compañía de teatro de Shakespeare y en la que incluso el mismo célebre autor de Romeo y Julieta actuó[1]. Después de mucho tiempo el refrán cambiaría al conocido “curiosity killed the cat”  en el lenguaje cotidiano, y aunque  desconocemos la razón de ello, no debemos ser muy listos para adivinar la respuesta, pues a todos nos ha matado alguna vez la curiosidad, sobre todo en ese juego de la seducción, cuando alguien cae presa de otro que lo acecha –debo admitir que desgraciadamente no es mi caso-.

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