¿Es posible el porno feminista?

Por Christian Castaño1

Una de las grandes discusiones sobre temas de género es aquella del rol de los medios de comunicación y, en general, de todos aquellos productos culturales —bien sean de la cultura popular o la “alta” cultura— en la reproducción de roles de género y del heteropatriarcado. Ya el año pasado hubo polémica por la presentación de la película “50 sombras de Grey” en la cual se sodomiza a una mujer bajo una trama erótica y romántica. Las brigadas antimperialistas salieron a repartir volantes protestando y denunciando el film, increpando a quienes asistían a verla en las salas de cine de estar haciendo algo “malo”, los mismos que pegan algunos stickers —los cuales vi en tableros de salones de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional— que invitaban a masturbarse usando la imaginación sin recurrir a la pornografía en tanto que reproducción de la violencia de género. Bajo un presupuesto tal, que parece evidente para cualquier usuario de portales pornográficos que por lo general muestran en sus videos a hombres dominantes y mujeres dominadas, atadas, forzadas y además complacientes, se puede llegar a condenar el porno y vanagloriar la masturbación “natural” (tal vez bajo el presupuesto de que la imaginación no es pública o que ésta al tomar distancia del producto pornográfico se purifica) o a exigir un cambio total en la orientación de la pornografía, a la reivindicación de la realización de un “buen” porno que ha sido denominado “feminista”. Pero ¿en qué consiste? ¿es esto realmente posible?.

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La calidad de la sociedad capitalista monopolista: cultura y comunicaciones – Parte II

Continuación →

Por: Paul Baran y Paul Sweezy

Un profundo estado de malestar psíquico subyace a la demanda de esta clase de literatura, que, además, sirve de distintas maneras a los intereses de las élites. Un anuncio de The Power of Positive Thinking [El poder del pensamiento positivo] de Norman Vicent Peale exhorta a los ejecutivos a «regalar este libro a los empleados. ¡Paga dividendos!». Se afirma que un consumidor satisfecho explicaba que el libro había contribuido a acallar las quejas de sus empleados y había aumentado el entusiasmo de estos por la empresa. Los vendedores tienen «una nueva confianza en lo que venden y en la organización», y el personal de oficina muestra «mayor eficiencia» y una «marcada reducción de la tendencia a mirar el reloj».1 No en balde las ventas del libro de Peale, y otros parecidos, se han visto fuertemente  incrementadas por las compras al por mayor de grandes empresas para distribuirlo gratuitamente entre los empleados.

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La calidad de la sociedad capitalista monopolista: cultura y comunicaciones – Parte I

Fuente: Monthly Review. Selecciones en castellano, 3a época, no 1, septiembre de 2015. Edición online

El siguiente es un nuevo ejercicio divulgativo de nuestra parte para todo aquel que se interese por la teoría crítica de la sociedad y su actualidad en el camino de entender la realidad. Paul Baran y Paul Sweezy fueron unos académicos de un talante extraordinario en lo que comporta sus estudios y escritos (recordémoslos por ejemplo por el excelente estudio alrededor de la economía capitalista: El capital monopolista), sus planteamientos siempre se abrigaban en la seriedad de la evaluación concienzuda y general, que veía los problemas en su todo, y no como nos lo muestran las actuales ciencias sociales, como unas meras partes sin conexión alguna. Esta publicación ha tenido algunas pequeñas correcciones de estilo de su original, y debido a su longitud, se harán dos entregas que esperamos sean de agrado para los lectores.—David P.

Por: Paul Baran y Paul Sweezy1

La cultura de una sociedad incluye la educación de su juventud, la literatura, el teatro, la música, las artes —en resumen, todo lo que contribuya a la «formación y el refinamiento de la mente, los gustos y las maneras […] el lado intelectual de la civilización»2.Para avanzar en la investigación de la cultura del capitalismo monopolista, hemos escogido centrar la atención en dos áreas que nos ofrecen una extensa obra de investigación especializada y que juzgamos decisivas para la naturaleza de la cultura en su totalidad: la edición de libros y la radiotelevisión. Ambos son grandes negocios en la actualidad y, por lo tanto, demuestran hasta qué punto la cultura se ha convertido en una mercancía cuya producción está sometida a las mismas fuerzas, intereses y motivos que rigen la producción de todos las demás bienes.

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“Amélie” una película para entender la extrema derecha francesa.

Amélie. 

Por: Christian Castaño.

En Mayo de 2001, año en que se estrenaba en las salas de cine aquella reconocida película “Le faboleaux destin d´Amélie Poulain”, protagonizada por Audrey Tautou y dirigida por el célebre cineasta Jean Pierre Jeunet, aparecía en el diario “Libération” una artículo intitulado “Amélie pas Jolie” escrito por Serge Kaganski[1], en el que se hacía una fuerte crítica del film por tener una carga política de extrema derecha, al menos de manera implícita en sus elementos estéticos y retóricos. Dichos elementos se encuentran en un romanticismo evidente que caracteriza el film –con romanticismo nos referimos a la nostalgia por el pasado perdido y añorado-, que representa a París, la capital francesa, en el año 1997 –año en el que tiene lugar la historia- como si fuese la misma de los años treinta o cuarenta: étnicamente “limpia”, homogénea y “típica”. Al respecto nos dice Kaganski:

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