La Estupidez, la política y el sentido común.

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Farage Hoy and Helmet

Nigel Farage haciendo política en el pub.

Por: Christian Castaño.

En un bellísimo libro, intitulado ‘Los libros del Gran Dictador’, del periodista e historiador Timothy W. Ryback , en el cual indaga sobre las lecturas que formaron el carácter ideológico y político de Adolfo Hitler, encontré el siguiente fragmento, atribuido a Dietrich Eckart, el mentor intelectual del tirano:

‘Necesitamos que nuestro caudillo sea alguien acostumbrado al ruido de una ametralladora, alguien capaz de hacer que la gente se cague de miedo —se cuenta que había dicho tres años antes, tomando unas copas en el Café Nettle de Múnich—. No necesito a un dirigente. La gente corriente ya no siente respeto por esa clase de personas. Lo mejor sería un obrero que supiese hablar. No es preciso que sepa mucho. La política es la profesión más estúpida del mundo (…) Dadme un mono vanidoso que sea capaz de tratar a los rojos como se merecen y que no salga corriendo cuando alguien lo amenace con la pata de una silla —dijo—. Lo prefiero a él (Hitler) antes que a una docena de profesores que mojen sus pantalones y se queden ahí sentados, temblando, con toda su ciencia’[1]

De esto se había dado cuenta el dramaturgo y mentor de Hitler en las reuniones antisemitas de Múnich a las que asistía en condición de ‘Intelectual’. Al conocer a Hitler, se percató de su pobrísima formación académica, política y literaria, pero veía un talento natural en su oratoria, además, sabía que tenía la virtud de ser un hombre común y de hablar en los términos en que habla alguien del común. Fue el mismo Eckart quien, en medio de una tediosa diatriba de uno de esos ‘intelectuales’ del Partido Alemán de los Trabajadores, gritó ‘¡Deja de decir sandeces! ¡A nadie le importa un carajo lo que estás diciendo!’.

Como es sabido —excepto para los neonazis internacionales y criollos que se refugian en el autoengaño—, Hitler no requirió saber mucho para llegar a donde llegó, ni mucho menos para cometer los crímenes que cometió, ni para contar con el apoyo con que contó, ni para inaugurar una de las ideologías más ridículas jamás vista. Claro, requirió de ayuda, no sólo de Eckart, sino de una serie de ‘intelectuales’ de su época y de su partido. Ryback documenta muy bien en el capítulo tres, ‘La trilogía de Hitler’, el proceso de maduración de la escritura del ‘Gran Dictador’, y que resulta interesante para comprender la sustancia misma de ‘Mein Kampf’, pero también para ver cómo hoy por hoy vemos el retorno de los idiotas, sobre todo cuando se toman la palabra, y, en muchos casos, el poder:

‘Hanfstaengl recuerda las discusiones que mantuvo con Hitler a propósito de las primeras setenta páginas del manuscrito y asegura haber eliminado los ‹‹peores adjetivos›› y limado el ‹‹exceso de superlativos››. También dice que discutió con Hitler sobre varias cuestiones de matiz y le afeó que hablara de su  ‹‹talento›› como pintor:  ‹‹No puedes decir eso. Es lícito que otras personas hablen de ello, pero no que lo menciones tu mismo››. Hanfstaengl observó también algunas ‹‹pequeñas falsedades›› del manuscrito, por ejemplo que se refiriese a su padre como un ‹‹funcionario civil de alto rango››, y se quejó del provincianismo intelectual que denotaba la aplicación del término historia universal (Weltgeschichte) a ‹‹disputas europeas bastante menores››. Después de esta sesión de corrección —afirma Hanfstaengl—, Hitler no le volvió a enseñar ni una página más del manuscrito’

Serían Rudolf Hess y su esposa Ilse quienes ayudarían en la difícil labor de editar ‘Mein Kampf’:

‘Ilse calificó el estilo de Hitler de una especie de prosa oral salpicada de recursos retóricos harto eficaces en medio de la bullanga y el humo de las cervecerías, pero que, sobre el papel, no hacían sino emborronar la página. Entre estos recursos destacaba el uso de muletillas (‹‹de este modo››, ‹‹así pues››, ‹‹desde luego››, ‹‹pero››, ‹‹ahora››, ‹‹por lo tanto››) o las negaciones imperiosas: ‹‹Nein! Nein!››’[2]

Una vez publicado ‘Mein Kampf’, la reacción fue la risa. Como lo documenta Ryback, en un periódico de Frankfurt se dijo que el libro era un ‘suicidio político’ del autor, en otro diario berlinés se dudaba de la salud mental de Hitler, y en ciertos ámbitos fue objeto de numerosas bromas y sátiras[3]. Pero como sabemos, el chistecito le salió bien caro a la humanidad, y hoy por hoy, por ejemplo, es un gran debate la re-edición que se plantea publicar en Francia de ese panfleto de mal gusto[4]

Los idiotas toman la palabra.

Resulta interesante ver cómo hoy Nigel Farage o (bo)Boris Johnson obtienen tamaño resultado con el Brexit, Donald Trump llega a la presidencia, o Enrique Peñalosa vuelve a ser alcalde de Bogotá después de una desastrosa campaña política en elecciones locales y presidenciales, después de proponer tremendas estupideces para gobernar la ciudad que se ufana de ser una gran metrópoli latinoamericana. De nuevo los idiotas toman la palabra, y no es para menos la preocupación y el desconcierto si tenemos en cuenta los ‘tipazos’ que están detrás —como hizo Eckart con Hitler— de estos ‘monos vanidosos’: Steve Bannon y Mike Pence en el caso de Trump, Andrés Villamizar en el caso de Peñalosa, o el irrisorio pero peligroso Fernando Londoño detrás del caudillo que ‘nos hizo cagarnos de miedo’ durante dos períodos presidenciales, el narcoterrorista Álvaro Uribe Vélez.

Lo que todos estos tiranos tienen en común, es esa habilidad de no ser intelectuales en el ámbito de la política. Saben mover las masas apelando a las pasiones, utilizando la jerga popular, el lenguaje coloquial, hablan como los electores, y a pesar de que estos a veces no comprenden muy bien lo que hacen dichos líderes, al menos les entienden y se identifican con ellos. Así como Ilse afirmaba la propiedad de los argumentos de Hitler en el ámbito de una cervecería bullosa, la BBC identifica cómo Farage, ese ‘filósofo de pub’, ese hombre ‘común’, logra tener éxito respecto de sus contrincantes, todos ellos, políticos ‘serios’, y esto sólo con su forma irreverente de decir las cosas, por ser políticamente incorrecto[5]. Así como Hitler presumía de su ‘talento’ artístico en su primer borrador de ‘Mein Kampf’ y muy a pesar de las reservas de Hanfstaengl, Trump habla de su gran educación y cómo tiene una jerga riquísima —‘I’m very highly educated, I know words I have the best words, believe me…’[6]— a pesar que niegue buena parte del consenso científico de nuestra época[7]. Por su parte, Peñalosa, que ha hecho el oso respecto de sus falsos títulos académicos, obtiene un silencio cómplice de los medios de comunicación y la vagancia púbica del CNE y otros frente al asunto, justificando por medio de una lógica macarrónica sus políticas de gobierno y defendiendo lo indefendible con argumentos polémicos y risibles —o si no recuérdese su desastrosa presentación en la Universidad de los Andes para defender, a punta de Power Point y tartamudeando, la urbanización de la reserva ambiental Thomas van de Hammen[8], etc.

Ya no importan los hechos, y se ha repetido hasta el cansancio que estamos en la época de la posverdad, de las ‘fake news’ etc.[9] También se ha hablado del triunfo de los outsiders en la política y de la crisis de los partidos tradicionales, y no podemos dejar de ratificar esos diagnósticos. Sin embargo, parece preocupante que nuestros intelectuales, y algunos políticos ‘alternativos’, no se percaten de lo ridículos que se ven si siguen apelando a las ‘buenas razones’, a las demostraciones agudas, o las exégesis jurídicas frente a un público confundido, cansado del discurso ‘moderado’ y ‘racional’ que toma la realidad como con guantes quirúrgicos. Ante esto, y al igual que Eckart en aquel bar muniqués en que conoció al Gran Idiota de Hitler, la gente les grita ‘‘¡Deja de decir sandeces! ¡A nadie le importa un carajo lo que estás diciendo!’.

Apelar al sentido común y hablar como se habla en la calle.

Que la política, al decir de Eckart, sea ‘la profesión más estúpida del mundo’, no es un secreto ni un gran descubrimiento, pero parece ser que eso no gusta a algunos/as. Claro, estamos acostumbrados a escuchar de la polis griega  que era un ágora para discutir y decidir sobre los asuntos comunes, y nos imaginamos a serios filósofos, pensadores, ciudadanos comprometidos, deliberando y razonando sobre la cosa pública. Empero, olvidamos cómo a Sócrates lo acusaron de corromper a los jóvenes y le llevaron a beber la cicuta, asunto que se resolvió por medio de artimañas, y ni que hablar de los últimos sucesos acaecidos en los dos países con más amplia tradición democrática y constitucional del mundo, Estados Unidos y Colombia.

A nadie le agrada pensar que la política tenga que ver con movilizar las pasiones, y algunos guardamos la esperanza de la posibilidad de un proyecto de democracia deliberativa que pueda llevarnos a un mínimo consenso racional. Pero los hechos nos dicen lo contrario, desde hace ya varios decenios. La filósofa Chantal Mouffe considera que la imposibilidad de pensar hoy por hoy el ascenso de los populismos de derecha, reside en los ‘prejuicios’ o supuestos fundamentales de una visión liberal de la política, aquella que se refugia en el nombre de la democracia deliberativa, postura en la cual se pueden ubicar a Rawls, Habermas, Dworking, etc. Y si bien, no podemos estar de acuerdo sobre el diagnóstico que hace la filósofa política belga respecto del papel de las tésis liberales en la debacle actual, en cambio no podemos dejar de atender a eso que le preocupa a la pensadora de izquierda, la lucha contrahegemónica en un momento en que las buenas razones no son suficientes para radicalizar la democracia. En la conferencia que dio hace un año en la Biblioteca Luis Ángel Arango, afirmó que ‘Una política contrahegemónica necesita la creación de un régimen diferente de deseos y afectos, con el fin de generar una voluntad colectiva capaz de desafiar el orden existente. Eso es la movilización de las pasiones (…) Sería trágico para la izquierda y para el futuro de la democracia abandonar ese terreno (de las pasiones) sólo a los movimientos populistas de derecha. Hoy en día una política de izquierda tiene que pensarse como populismo de izquierda. Una articulación de demandas colectivas que constituyan un ‘nosotros’’[10]. Hasta el momento, los políticos profesionales se han apartado cada vez más de la población, del común, y hace cada vez más difícil la constitución de un ‘nosotros’.

Es impresionante ver cómo en nuestro medio muy pocos políticos alternativos han entendido la urgencia de acercarse más al electorado. Tal vez esto no suceda de una manera tan directa, pero por lo menos es algo que se hace ver tan sólo en la forma misma del discurso político. Dentro de las toldas de las fuerzas alternativas, Claudia López y Jorge Robledo han comprendido que no sirve de nada hacer excelentes debates de control político en un congreso que, por no ser un ágora de la discusión pública sino de la vagancia y el latrocinio más descarado, se ha convertido más en un saludo a la bandera donde lobistas atravesados y mañosos como Saúl Cruz hacen de las suyas[11]. Hemos visto cómo, de manera vehemente, la senadora del partido verde califica con términos del lenguaje coloquial a sus contrincantes, sin bajarlos de ‘narcotraficantes’, ‘corruptos’, ‘asesinos’, etc. Incluso pasando por encima de sus afectos personales, utiliza las palabras que cualquier persona del común utilizaría para hablar de la corrupción descarada del gobierno nacional con respecto a la obligación que tiene de alimentar a sus niños[12]. Robledo mismo, a pesar de sus acostumbradas pausas reflexivas en las intervenciones que realiza en el congreso y en otros espacios, apela al lenguaje coloquial para hacer comprender los intrincados asuntos que denuncia, cuando habla de la ‘vagabundería’ de la corruptela nacional, o cuando se refiere de manera expresa al ‘tapen-tapen’ de ‘los mismos con las mismas’, etc.

Evidentemente, la virtud de estos serios contrincantes políticos de la vagancia pública del gobierno nacional o del gobierno local de Enrique Peñalosa (esto al menos en el caso de Robledo), no es sólo su comprensión de la manera de hablar de los electores, sino además, sus robustos y serios debates en la arena política. Pero evidentemente, esto último es lo de menos interés para la gente, que no comprende lo suficiente cómo funcionan el estado o las políticas públicas, cosas bien difíciles de comprender incluso para buena parte de los politólogos/as. Entonces ¿Qué es lo que ven? La ´berraquera de esa señora Claudia López’ o cosas por el estilo. De la misma manera, Colombia casi elige al peor de los dos peores candidatos presidenciales que ha tenido una elección de segunda vuelta: Antanas Mockus, y todo porque, a pesar que el tipo no tenía programa, se la pasaba repitiendo eslóganes como ‘la vida es sagrada’ o ‘la educación es lo más importante’ o ‘hace falta más cultura ciudadana’, etc. Incluso Gina Parody, junto con Gustavo Petro, Germán Vargas Lleras, y Juan Manuel Santos, que eran candidatos a la presidencia, constantemente le impugnaban en los debates por el ‘cómo’ de sus propuestas, pues a las claras, Mockus no tenía programa, no decía si quiera cuánto presupuesto iba a invertir como presidente en Educación Pública Superior, ni de dónde iba a sacar los recursos, a que le ponía y a qué le quitaba. Sus electores simplemente decían a Parody y cía. ‘‘¡Deja de decir sandeces! ¡A nadie le importa un carajo lo que estás diciendo!’, y agregaban, ‘estoy votando por el profe’ o ‘por la vida’, ‘nos vale huevo el programa’.

De esa manera, el tipo de debate que se está dando en la esfera pública es bien pobre, no en tanto que hagan falta los argumentos, sino en la medida en que hacen falta personas hábiles para comunicar, ensalzar  las pasiones, y hablar como habla la gente de la política en el bar, las reuniones familiares, con los amigos o en la iglesia. Miremos no más cómo dicen sus tontadas Uribe, Ordoñez, María Fernanda Cabal[13], Nigel Farage en el parlamento europeo[14], etc. O tan solo Pensemos de nuevo cómo ganó el NO en el plebiscito, esto de la mano de Juan Carlos Vélez:

‘Hicimos una etapa inicial de reactivar toda la estructura del Centro Democrático en las regiones repartiendo volantes en las ciudades. Unos estrategas de Panamá y Brasil nos dijeron que la estrategia  era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria, mientras en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios. En cuanto al segmento en cada región utilizamos sus respectivos acentos.  En la Costa individualizamos  el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela.  Y aquí el No ganó sin pagar un peso. En ocho municipios del Cauca pasamos propaganda  por radio la noche del sábado centrada en víctimas’[15]

Mientras, quienes hacíamos campaña por el SI, cometimos el más grande error en política: tratar de motivar la acción apelando a las buenas razones. Ni siquiera funcionaron argumentos de tipo utilitarista —ya saben, ‘el mayor beneficio para la mayoría’—, pues todo lo que encontrábamos era un odio inmenso, no al acuerdo que era desconocido, sino a las FARC. El sentimiento de venganza que hace parte de la estructura arquetípica de nuestra mentalidad, no permitía siquiera hacer un cálculo racional de los beneficios de la paz, todo lo que encontrábamos era miedo a ser como Venezuela, envidia a los subsidios percibidos por excombatientes, y todo ello con ‘el acento de la región’. La lección que aprendimos, es que la ‘política es la profesión más estúpida del mundo’.

Pero de otra parte, tenemos a nuestros impolutos intelectuales, ciegos por el polvillo que desprenden sus libros viejos llenos de moho. Nuestros intelectuales, no sólo respecto al plebiscito, sino en general respecto a la política, se comportan como si se tratara de la metafísica: Algunos la ven como algo venerable, y otros simplemente quieren darle muerte, no por abstrusa, sino porque ven con desprecio el ‘populacho’. En las épocas de terror, en los dos períodos presidenciales de ese hombre acostumbrado al ‘sonido de la motosierra’, arma predilecta de sus matones al mando del degenerado Carlos Castaño (a quién Fernando Londoño llama ‘intelectual hecho a pulso’), en esos tiempos, el término en disputa en la arena política y académica era el adjetivo de ‘terrorista’. De esa manera trataron a miembros de las ONG’s  de derechos humanos —al mejor estilo del ‘Eje del Bien’ autoproclamado por ese otro idiota, George W. Bush— , a políticos disidentes, e incluso a ilustres profesores de Universidades colombianas. Pero los intelectuales, no respondían de otra manera sino poniendo en duda el adjetivo mismo de ‘terrorista’, afirmando que ‘el terrorismo es una categoría jurídica ambigua’ o que ‘el terrorismo no existía, que era un invento, etc’. Todo lo cual tuvo una respuesta de nuestra indolente opinión pública, incluso de la más informada: ‘‘¡Deja de decir sandeces! ¡A nadie le importa un carajo lo que estás diciendo!”, pues ¿quién de manera sensata iba a cuestionarse qué acciones violentas son terroristas y cuáles no, máxime cuando les bombardeaban en T.V y radio con el adjetivo? Por pura economía de recursos cognitivos, una persona del común, tan común como tú, ‘gran intelectual’, o como yo, jamás va entrometerse en semejante indagación. Son esas las discusiones bizantinas de nuestros intelectuales, mientras en la esfera pública la política sigue en movimiento.

Y sin embargo, podemos encontrar una postura distinta en un intelectual no muy amigo de las disputas teóricas y que más bien mira con desdén ese falso papel del intelectual que antes que divulgar, aclarar o comunicar, se dedica a posar por medio de intrincadas peroratas, indescifrables, sobre el porqué cuestionar en términos puramente conceptuales v.g la nostalgia metafísica, la denominación misma de ‘terrorista’, o que mira con desprecio el uso público del adjetivo sin utilizarlo para denunciar las injusticias, pues le parece demasiado bajo hablar como hablan los demás. Ese intelectual es Noam Chomsky, quien en su último libro que lleva por nombre ‘¿Quién domina el mundo?’, no vacila al tratar de terrorista a Ronald Reagan, o al denominar al partido republicano como la organización terrorista más peligrosa del planeta., todo lo cual resulta curioso, pues a pesar de ser de tradición analítica, tanto él, como otros grandes intelectuales, tienen un miedo menor a hablar en los mismos términos de la opinión pública. Mientras, nuestros académicos afrancesados, hasta el cogote de la gran filosofía continental, siguen hablando de la política como si fuera el más grande de los misterios, como místicos que develan los enigmas de la política. Y hablan, y nadie les entiende, y sus palabras se quedan en el círculo eterno de la interpretación. Se vuelven famosos, y la gente no les entiende, es más, sus seguidores no los entienden. Hablan y hablan y nada de lo que dicen, por la manera en que lo dicen, enriquece la discusión pública, pues no es tan ‘pública’ como pretenden, ya que sólo discuten lo que le interesa a las camarillas que no quieren ensuciarse del lenguaje coloquial, o porque no tiene el objetivo de movilizar las pasiones de los oprimidos y las oprimidas. Ante el desafío verbal del autoproclamado ‘Eje del bien’, Chomsky y otros grandes comprometidos no discurren en largas disertaciones, sino que enristran en la cara de los bandidos Bush, Reagan y compañía, la contradicción de sus actos con sus palabras, i.e, la supuesta defensa de los valores democráticos. En nuestro medio ¿Por qué nuestros políticos o figuras más representativas no llaman a Uribe de la misma manera? Lo llaman ex presidente, y se ponen a explicar sus delitos, con agudas demostraciones, datos y disquisiciones. Lo mismo hacen cuando les toca defenderse, como Petro, que terminó fastidiando a todo el mundo por no poder enristrar al procurador y los zares de las basuras sus delitos sin pasar más de 15 minutos hablando en un video, o sin tener que ser ‘políticamente correcto’, a todo lo cual la gente decidió que les importaba un carajo lo que ese ‘político’ decía. Tanto así que, en el programa ‘La luciernaga’ de Caracol, ese barómetro de la ideología, le parodiaban su manera demasiado sofisticada de hablar[16]

El cadornismo, el sentido común y la reforma moral e intelectual.

La reforma moral e intelectual en la construcción de hegemonía a la que se refería Gramsci, debe pasar por el argot popular, debe apelar a aquellas categorías que ya son de uso público y aprovecharlas. De la misma manera que en la pedagogía, alguien como Paulo Freire revalora el papel del lenguaje coloquial para fomentar la ‘curiosidad epistemológica’ que pueda llevar al aprendizaje de conceptos más complejos y científicos, en política deberíamos volver a hablar en términos populares, retomar la jerga del pueblo, acoger sus prejuicios y usarlos en contra de quienes los construyen en la disputa política. Así como la jerigonza de calle, moralista y pendenciera sirve a la reacción, de igual manera podemos usarla para fomentar una ‘curiosidad política’ de los ciudadanos y ciudadanas para que puedan comprender el debate más intrincado, para que puedan participar de la vida pública y no sean más simples espectadores. De la misma manera que algunos políticos, profesionales o no, se valen del gran recurso de los refranes populares, o de adjetivos descalificadores, los intelectuales deben perder el miedo a apelar al sentido común, de utilizar el mismo lenguaje con que son descalificados sin dejar de recurrir a aportar buenas razones, para radicalizar la democracia, pues, después de todo, la política no es la cosa pública sobre la que discuten los ángeles.

Pero hasta el momento, nuestros intelectuales tan sólo se quedan sentados allí, observando cómo se muelen a palos los que sufren la política. Analizan la cosa, a veces exaltan al pueblo y otras denuestan de sus actos bochornosos, utilizan palabras rimbombantes y estructuras narrativas impresionantes, casi poéticas para hablar de la cuestión, pero no se inmutan por tratar de calar en el sentir de los cuadros políticos, o en el sentido común de la gente. Si nadie los entiende, ‘la culpa es de los demás’, nunca de ellos. Es a eso que Gramsci llamaba en las ‘Notas sobre Maquiavelo’, la enfermedad del ‘cadornismo’, al discutir sobre la tarea del partido de crear y renovar constantemente la voluntad colectiva. El calificativo hacía referencia a Luigi Cadorna, jefe del Estado Mayor del ejército italiano y responsable de la retirada y derrota en Caporetto en el año 1917. Básicamente, la derrota se debe a que Cadorna consideraba superflua la labor de persuadir a los dirigidos, pues una vez constituido el ejército, esperaba que obedecieran las órdenes y que se batieran con el enemigo con todas sus fuerzas. Sobre el papel de los dirigentes en el partido, y lo cual vale también para el papel de los intelectuales en la política, Gramsci afirma:

‘Se cree que, una vez planteado el principio de la homogeneidad de un grupo, la obediencia no sólo debe ser automática y existir sin una demostración de su ‘necesidad’ y racionalidad, sino que debe ser también insdiscutible (algunos piensan, y lo que es peor actúan, según este pensamiento: que la obediencia ‘vendrá’ sin ser exigida, sin que se indique el camino a seguir). Es así difícil extirpar de los dirigentes el ‘cadornismo’, o sea la convicción de que una cosa debe hacerse porque el dirigente considera justo y racional que se haga. Si no se hiciera, la ‘culpa’ se atribuiría a quienes ‘hubieran debido’, etc. De allí que sea difícil también extirpar el hábito criminal del descuido en el esfuerzo por evitar sacrificios inútiles. Y, sin embargo, el sentido común muestra que la mayor parte de los desastres colectivos (políticos) ocurren porque no se ha tratado de evitar el sacrificio inútil, o se ha demostrado no tener en cuenta el sacrificio ajeno y se jugó con la piel de los demás’[17]

Entonces no hay excusas para escaparse del papel que juega el intelectual, ni mucho menos esperar que su responsabilidad pueda ser obviada porque su ‘ciencia’ ha resultado incomprensible. La culpa es de otros siempre, dicen ellos, pero esto no puede ser cierto si suponemos que ese intelectual, con toda su ciencia, no pueda pasar por alto un presupuesto mínimo de toda racionalidad práctica, es más, de todo sentido común: Los hombres y mujeres de este mundo, que son de carne y hueso, a pesar de poder ser considerados animales racionales, no siempre actúan de acuerdo a razones, pues muchas veces, quizá la mayoría, actúan de acuerdo a motivaciones, i.e, de acuerdo a deseos, caprichos, etc. La intelligentsia, si quiere ser tomada en serio, no puede dejar de hablar como hablamos todos a diario tan solo por el hecho de no querer parecer ridículo, populista, o poco inteligente y cuidadoso. Woody Allen dijo que ‘la ventaja de ser inteligente es que se puede fingir ser imbécil, mientras que lo contrario es totalmente imposible’. Y he allí a los verdaderos imbéciles tomando la palabra, mientras los sabios, por pena y asco del ‘populacho’, dejan que la responsabilidad de su crítica recaiga en otros, a pesar que la política es en esencia ‘la profesión más estúpida del mundo’.

 

[1] Ryback, Timothy. ‘Los libros del gran dictador’ Editorial Planeta, 2010. Pp. 61

[2] Ibíd. 110

[3] Ibíd. 110-111

[4] http://www.francetvinfo.fr/culture/livres/reedition-de-mein-kampf-peut-on-vraiment-interdire-un-livre-en-france_1253839.html

[5] http://www.bbc.com/news/uk-politics-36701855

[6] https://www.youtube.com/watch?v=7UIE_MRAhEA

[7] http://www.iflscience.com/editors-blog/heres-a-list-of-all-the-science-that-donald-trump-denies/

[8] https://www.youtube.com/watch?v=gY0HrPx4xn0

[9] https://solodemocraciablog.wordpress.com/2017/01/11/la-democracia-es-de-verdad-sobre-las-mentiras-del-no-y-el-consenso-racional/

[10] https://www.polodemocratico.net/noticias/en-profundidad/8702-chantal-mouffe-en-bogota-la-izquierda-no-debe-temer-a-la-movilizacion-de-las-pasiones-para-generar-politica-contrahegemonica

[11] https://www.las2orillas.co/poder-saul-cruz/

[12] https://www.youtube.com/watch?v=aUJAUO1K8dM

[13] https://www.youtube.com/watch?v=fgjgnXTYK5U

[14] https://www.youtube.com/watch?v=wHvTq6Bf_pg

[15] http://www.larepublica.co/el-no-ha-sido-la-campa%C3%B1a-m%C3%A1s-barata-y-m%C3%A1s-efectiva-de-la-historia_427891. Subrayado es nuestro.

[16] https://www.youtube.com/watch?v=b94pOpflAyE

[17] Gramsci, Antonio, ‘Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno’, Ediciones Nueva Visión, pp. 26-27. Subrayado es nuestro.

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Un comentario en “La Estupidez, la política y el sentido común.

  1. […] ‘Necesitamos que nuestro caudillo sea alguien acostumbrado al ruido de una ametralladora, alguien capaz de hacer que la gente se cague de miedo —se cuenta que había dicho tres años antes, tomando unas copas en el Café Nettle de Múnich—. No necesito a un dirigente. La gente corriente ya no siente respeto por esa clase de personas. Lo mejor sería un obrero que supiese hablar. No es preciso que sepa mucho. La política es la profesión más estúpida del mundo (…) Dadme un mono vanidoso que sea capaz de tratar a los rojos como se merecen y que no salga corriendo cuando alguien lo amenace con la pata de una silla —dijo—. Lo prefiero a él (Hitler) antes que a una docena de profesores que mojen sus pantalones y se queden ahí sentados, temblando, con toda su ciencia’[1] […]

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