¿Es posible el porno feminista?

Por Christian Castaño1

Una de las grandes discusiones sobre temas de género es aquella del rol de los medios de comunicación y, en general, de todos aquellos productos culturales —bien sean de la cultura popular o la “alta” cultura— en la reproducción de roles de género y del heteropatriarcado. Ya el año pasado hubo polémica por la presentación de la película “50 sombras de Grey” en la cual se sodomiza a una mujer bajo una trama erótica y romántica. Las brigadas antimperialistas salieron a repartir volantes protestando y denunciando el film, increpando a quienes asistían a verla en las salas de cine de estar haciendo algo “malo”, los mismos que pegan algunos stickers —los cuales vi en tableros de salones de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional— que invitaban a masturbarse usando la imaginación sin recurrir a la pornografía en tanto que reproducción de la violencia de género. Bajo un presupuesto tal, que parece evidente para cualquier usuario de portales pornográficos que por lo general muestran en sus videos a hombres dominantes y mujeres dominadas, atadas, forzadas y además complacientes, se puede llegar a condenar el porno y vanagloriar la masturbación “natural” (tal vez bajo el presupuesto de que la imaginación no es pública o que ésta al tomar distancia del producto pornográfico se purifica) o a exigir un cambio total en la orientación de la pornografía, a la reivindicación de la realización de un “buen” porno que ha sido denominado “feminista”. Pero ¿en qué consiste? ¿es esto realmente posible?.

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Santiago Lucah, Malas juntas (shady joints), Fuente

Agnès Giard, doctora en antropología, en un artículo de su blog “Les 400 culs” suscrito al diario francés Libération e intitulado “Le porne féministe n´existe pas” (El porno feminista no existe) hace una breve y sucinta reflexión sobre el tema. Ante las declaraciones de Stephen des Aulnois, fundador del sitio web “Le tag parfait”, quien afirma que entre las categorías más buscadas por las mujeres en sitios web de pornografía se encuentran los vídeos sadomasoquistas o “first anal” ,i.e, aquellas en que la dominación masculina es más evidente, Giard nos pregunta qué podemos deducir de ello, remitiéndonos a los comentarios de la realizadora y ex-actriz porno Ovidie sobre el tema. Afirma que ésta generación se ha olvidado de la pornografía femenina, y que incluso las mujeres han dejado a un lado las producciones “feministas” y prefieren la pornografía de corte “machista”: “Se llama James Deen2. Tiene 27 años y es la estrella porno preferida de las mujeres jóvenes. Él domina, estrangula, abofetea y su público femenino lo desea. Las mujeres le dedican tumblers. Las blogueras lo llenan de elogios. Incluso mis propias amigas intercambian videos de él. Algunas dicen que él es un feminista porque reivindica el derecho de las mujeres de ser sumisas y que les encante […] Para Ovidie, el éxito de James Deen es revelador. ¿De qué? Del hecho que las mujeres permanecen sumisas a un orden patriarcal”3. La lucha para Ovidie está en la creación de una nueva pornografía en la que hombres y mujeres practiquen un sexo más consensuado, en producciones en las que el deseo y la satisfacción sean mutuas. De otro lado está también la realizadora porno y politóloga sueca Erika Lust, una de las pioneras en el porno feminista, quien lucha por un “mejor” porno. El argumento de ambas, tanto de Ovidie como de Erika Lust es que se deben establecer normas de comportamiento sexual en la pornografía en tanto que ésta hace parte de la educación sexual de los más jóvenes y, en su estado actual, sirven para legitimar un orden patriarcal.

Para Giard, tanto los argumentos de Ovidie y de Erika Lust tienen el problema de ser el mismo tipo de argumentos prejuiciosos que esgrimen las ligas anti-pornografía, pues en defensa de un buen “porno” ellas entienden que la pornografía en sí misma es “mala”, dando así la razón a los censores de todo cuño. Sus razones para la defensa de una buena pornografía, o de una mejor pornografía, se basan en última instancia en aquella recurrente distinción entre “buen” erotismo y “mala” pornografía, y se empeñan en el ideal de establecer normas de comportamiento sexual en el cine X en la medida en que el actual contribuye a la legitimación de un orden social en el que la mujer está subordinada. “¿Es este argumento pertinente? Sí y no. Sí, es verdad que el porno hace parte de la manera en que vivimos nuestra sexualidad. Pero no, la influencia directa del porno sobre el comportamiento de los espectadores (no más que la violencia en los juegos de rol o en los juegos de video) jamás ha sido probada”4. En este punto, es interesante observar que según una investigación realizada por miembros del departamento de psicología de la Universidad de Arkansas, las parejas de hombres que ven pornografía se sienten inseguras, sienten efectos negativos sobre la relación o sobre la vida sexual5. Otras investigaciones muestran que el consumo excesivo de pornografía genera cambios en los comportamientos de sus consumidores, siendo más agresivos y menos comunicativos. Según Ana Cristina Vélez, “los estudios muestran, no concluyen, que existe una relación entre consumo de pornografía, rasgos misóginos y actitud despótica hacia la mujer. Se podría suponer también que una previa insensibilidad hacia las mujeres podría ser causante del consumo excesivo de pornografía, y no al revés”6. Entonces ¿está probada la relación de causalidad entre pornografía y misoginia? ¿ésta última suposición de Vélez es correcta, i.e, que una actitud misógina podría ser la causante de un mayor consumo de pornografía? El punto aquí es que, al parecer, no hay razones para pensar dicha relación de manera mecánica o causal, y sería un equívoco —con evidentes consecuencias “románticas”— considerar la misoginia como un efecto de una difusión masiva de una visión ‘distorsionada’ de la relación sexual representada en la pornografía.

Es este el punto más importante de la visión que nos ofrece Giard. La pornografía no se trata de una representación de la realidad, es la puesta en escena de algo imaginado, pues los espectadores son capaces de separar ente ficción y realidad y su placer en el consumo de pornografía se da en la distancia que saben existe entre el porno y un documental, que en muchos casos más bien sería una comedia erótica o romántica si es que se trata de “nuestra” real sexualidad. Como nos refiere la autora (quisiera citarla textualmente pero mi bárbaro francés me lo impide), los espectadores quieren ver la pornografía como algo que es verdad, les encanta imaginarse que las mujeres podrían ofrecérsele de la misma manera que lo hacen las actrices porno. La esencia de la pornografía está en borrar las fronteras entre las distinciones bueno-malo, hombre-mujer, “la simulación pornográfica es un espacio de libertad que consiste para el espectador/espectadora en proyectarse en una escena excitante en tanto que prohibida”:

El porno es sexista porque es transgresivo. Si no fuera transgresivo, no sería porno. Al contrario de una moral burguesa que reprime los comportamientos ‘bestiales’, el exceso, el éxtasis y la violencia, el porno pone en escena la utopía de un mundo poblado de mujeres ávidas y disponibles. Se trata de hacer soñar al espectador/espectadora sobre la imagen de un deseo contagioso, inmediato, fácil de satisfacer entre los brazos de criaturas tórridas y viciosas. Desde ese punto de vista, es normal que las chicas tengan preferencia por íconos como James Deen. Es absurdo pensar que esas chicas no tienen ninguna moral. Nada es más necesario para las fantasías que la moral. Es allí donde Ovidie, tanto como Erika Lust, se equivocan al pregonar la superioridad de su producción bajo el pretexto de que es consensual, igualitario y repleto de buenos sentimientos. El porno que pretende liberar las mujeres de la opresión, a fuerza de imágenes estetizantes, las encierra en un imaginario más nocivo que el de las peores producciones hardcore7

En otro artículo de Giard en su blog, intitulado “Un porno moins sexiste?” (¿Un porno menos sexista?), donde trata con más detalle la propuesta de Erika Lust, nuestra bloguera y antropóloga da en el punto cuando anota que la fantasía de la mujer abusada no solo se encuentra en el porno heterosexual sino también en producciones homosexuales, y éstas no son llamadas ni por Erika Lust ni por nadie como producciones pornográficas sexistas: “Muchas interpretaciones son posibles. La primera interpretación, es que los gays y lesbianas son víctimas —al igual que las

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Uno de los volantes distribuidos en la Universidad Nacional, nótese nuestro subrayado “no es bueno”, “mala cosa”

mujeres heterosexuales— de una visión binaria del mundo que impone la separación entre un polo masculino (brutal, dominante) y un polo femenino (sumiso, pasivo). La segunda interpretación, es que las fantasías más excitantes son frecuentemente las más transgresivas y que hay en la violencia una enorme dosis de transgresión. ¿Cuál interpretación encuentra usted más interesante?”8. También anota que la pornografía ofrece un sinnúmero de variedades temáticas, y representan la variedad de manifestaciones de la sexualidad que van más allá de las ideas románticas del sexo que se identifican con el erotismo inofensivo de antaño. El cine porno está mucho más allá de ser una industria con claras intenciones machistas, y mucho más allá de una fiel representación de la realidad. Valdría la pena pensar en qué categoría entraría la pornografía masoquista en que los hombres aparecen a merced de una dominatriz, y realmente es de esperar que no se le califique de sexista, pero allí los criterios serían bastante débiles para sostener opiniones como las que sostienen las Brigadas Antimperialistas (ver volante).

 

Recuerdo hace muchos años que una compañera de la universidad, a quien tenía dentro de mis contactos de Facebook, publicó un post de un portal web feminista que se intitulaba algo así como “sexo con sumisión sí, pero con consentimiento” —no puedo citarlo porque fue hace muchos años y no recuerdo ni el portal ni el título del post—, adhiriendo a los argumentos del mismo que defendían el derecho de una mujer a comportarse de manera sumisa con su pareja a la hora de fantasear y de jugar en la relación sexual, la cual, afortunadamente, no tiene por único objetivo ni móvil la reproducción. No sé si ella aún considera válidas dichas opiniones y seguramente tuvo que debatirlas y defenderlas, pero ese episodio se me hizo muy parecido a mi experiencia “non grata” con el anarquismo, pues toda vez que me salían al paso con el cuento del papel legitimador o reproductor del régimen de propiedad implícito en la monogamia, o cosas parecidas que iban desde el machismo y pasando por la moral cristiana, sentía la necesidad de buscar un argumento sobre el cual apoyarme para poder sentirme bien y consecuente por el hecho de llevar —nunca contra mi voluntad ni contra la de mi pareja— una relación monógama. Siempre fueron intentos fallidos y casi siempre recaía en la sofistería que abunda en el anarquismo, todo cuando realmente se trataba de una simple decisión personal y consensuada entre dos personas “libres” y “autónomas” con la autoridad para decidir sobre su propio cuerpo y persona. Ni mi compañera de universidad ni yo debíamos buscar tamañas justificaciones ni iniciar dichos debates —los debates los inician otros y es muy válido— si tuviésemos en cuenta el papel de las fantasías y de la autonomía que en ellas está implícita, pero claro, nos venden ideas como verdades absolutas y la vida es mucho más compleja siempre.

De otra parte, valdría la pena preguntarse si criterios como los que se usan para juzgar a la pornografía mainstream y los supuestos sobre los que descansan, son válidos respecto de otro tipo de productos culturales masivos. ¿Cómo juzgar la atracción que ejercen en el público películas como Saw? ¿Cómo juzgar el atractivo de juegos de rol como GTA? Sobre todo cuando el abogado de Salah Abdeslam —autor intelectual de los atentados de Bruselas— calificó a éste último como un buen ejemplo de la generación GTA que piensa que está en un videojuego antes que en la vida real9, etc. Algunas premisas, tal vez implícitas, que están detrás de la condena de la pornografía convencional serían algo así como “el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe”, ergo, la masturbación que recurre a la pornografía es artificial y cae en una representación viciada de la sexualidad —ejem… “Brigadas Antimperialistas”— reproduciéndola en la realidad (1); o que El consumo de pornografía es causante en buena medida de la misoginia y legitima el heteropatriarcado, ergo, el consumo de pornografía convencional es un sustento del sistema patriarcal (2); etc. Éstas muy bien podrían ser utilizadas para hablar sobre los videojuegos violentos, y de hecho, son el mismo tipo de presupuestos sobre los que descansan las críticas de padres y madres de familia cristianos cuando afirman que ese tipo de entretenimiento solo produce conductas violentas en los jóvenes. Recordemos por un momento que uno de las posibles causas que siempre se sacan a relucir de las masacres en EEUU son los videojuegos y no la débil regulación que existe para conseguir armas, como bien nos lo plantea Michael Moore en “Bowling for Columbine” . Tal vez todo esto no hace sino validar una suerte de “externalismo” que considera que todo contenido de nuestras fantasías narcisistas, sean éstas sexuales o de otro tipo, nos vienen de fuera, lo cual es bastante problemático ya que tal vez lo que nos sería difícil aceptar es que en buena medida fantasías como dominar o violentar, bien sea en un videojuego, una película o en el porno, son manifestaciones de algunas tendencias propias de todo ser humano. Tal vez somos criaturas tórridas y viciosas, tal vez es Eros y Tanatos o algún rezago de la evolución, etc.

En el caso de la pornografía, y de la mano de Giard, considero que se plantea un falso dilema cuando se plantea el asunto entre ‘buen’ porno —feminista— y ‘mal’ porno —‘machista’— cuando no entre porno/no-porno, como parece ser el caso de Brigadas Antimperialistas o las ligas antipornografía y antimasturbación de iglesias fundamentalistas cristianas, etc. La pornografía es diversidad y ante todo fantasía, y no es la creadora de fantasías como tampoco el mercado es el creador de necesidades (la sociedad de consumo no se sostiene en la forma de satisfacción de necesidades y la necesidad como fundamento del mercado es más bien su sustento ideológico10 en la teoría económica). La pornografía, a lo sumo, podría considerarse como una exageración de la realidad, un exceso de realidad en sus elementos estéticos, y esto vale tanto como para las producciones hardcore como para las de Erika Lust, éstas las cuales dan una sensación apabullante de romanticismo que en nada parecen reflejar lo real y ni siquiera podrían servir de invitación pues parece pornografía para ángeles, exageración del sexo consensuado e igualitario.

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Lockert Ines, Gigot et porno star, Link

Si algo puede turbarnos de la pornografía es su hiperrealidad, que como el estéreo al tratar de dar la mayor definición de sonido elimina la experiencia musical, al dar la mayor precisión y la mayor perfección en el sexo en producciones gonzo de paso elimina la experiencia real del sexo, o al menos su imaginación. Erecciones permanentes e infalibles, mujeres disponibles y complacientes, sexo casual con desconocidos y sin condón, formas extravagantes del cuerpo, la visita del plomero y, lo más fantasioso, el hombre seducido, son todas formas de una fantasía que todos sabemos no se cumple y que no tienen nada que ver con los roles sociales de hombres y mujeres en el mundo real. La realidad de la sexualidad así exagerada oculta precisamente que el sexo ‘natural’ o ‘bueno’ no existe. “El porno dice: hay un sexo bueno en alguna parte, puesto que yo soy su caricatura. Con su obscenidad grotesca, es un intento de salvar la verdad del sexo, para volver a dar alguna credibilidad al modelo sexual en declive. La pregunta es esa; ¿hay un sexo bueno, hay sencillamente sexo en alguna parte, sexo como valor de uso ideal del cuerpo, como potencial de goce que pueda y deba ser «liberado»?”11

Pdta: En ningún sentido esta entrada pretende defender ensoñación —verdadera fantasía que se sostiene sobre premisas falsas y/o falaces que se hacen realidad en lo social— del heteropatriarcado y el machismo. Se trata de una entrada que pretende reseñar, con algunos comentarios, la temática del blog de Agnès Giard, la cual vale la pena considerar para evitar caer en falsos dilemas, y, desde mi punto de vista, en la ideología aquella que afirma que ante todo deben cambiar nuestras prácticas si queremos cambiar el mundo, la cual, la más de las veces, sirve para evadir la lucha política en términos de consecución y defensa de los derechos, p.ej., cuando se critica a quienes juegan videojuegos violentos, toman coca-cola (aun cuando son más activos en la lucha política), se dicen marxistas “pero tienen un Iphone”, o se dicen anarquistas “pero están casados/as”.


1 Politólogo y Estudiante de maestría en Filosofía.

2 Recientemente James Deen ha sido denunciado por abuso sexual por parte de su expareja.

4 Ibíd.

7 Ibíd.

10 Baudrillard, Jean. “Crítica de la Economía Política del signo”. Siglo XXI.

11 Baudrillard, Jean “De la seducción” Ediciones Cátedra S.A. 1987 Madrid.

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