Una reivindicación de la Alcaldía de Gustavo Petro

Petro

Por: Christian Castaño

 

Por todos lados se escuchan las críticas a la administración que termina, especialmente en la radio, pero también en las calles de Bogotá, en cualquier charla de cafetín —cuando todos sacan a relucir sus dotes de gobernante, administrador público, técnico de la selección Colombia y/o crítico de cine y televisión—, en los buses, y en fin, hasta en la catequesis de los “expertos”. Sin embargo —aunque sea imposible demostrarlo aquí de manera rigurosa—, parece ser que los argumentos, de lado y lado de la tribuna política, de la derecha a la izquierda, o bien se reducen a unos criterios de racionalidad instrumental bastante elementales, o a una suerte de comprensión binaria, básica, oportunista y panfletaria de comprender la política y lo político.  Primero, se califica de ineficaz y chambona la administración,  segundo, se afirma que la alcaldía no ha hecho nada por solucionar los “verdaderos” problemas de Bogotá, y por último, se dice —de nuevo, de lado y lado de la tribuna— que lo que hizo la alcaldía fue basar todo su gobierno  en un discurso de “lucha de clases” o de “no-lucha de clases”—las críticas bobaliconas de Aurelio en Blu radio—, que fue una administración “populista” o “reformista”, y que en últimas no “sirvió” para nada.

Antes que nada, ante la primera crítica, es necesario decir que solo se centra en aquellos aspectos de la política pública de la ciudad que pueden ser tasables en puras medidas cuantitativas, como la de ampliación de la malla vial, o la construcción de viviendas de interés social, etc. Aún todavía con el despropósito de medirse en términos de “obras terminadas” y no de  “procesos” —como en el caso de la vivienda, política que fue evaluada por casas construidas y no, por ejemplo, en compra de predios para la construcción de las mismas, las cuales no pueden ser terminadas antes de que concluya la alcaldía, porque no crecen viviendas como pasto— [1], con el agravante de tachar de incumplimiento aquellas metas que, o bien nunca se tuvieron por tales —la construcción de la ALO—, o que no se pueden ejecutar sin la participación del presupuesto nacional: el metro.  Pero en cambio no se dice nada respecto de aquellas políticas que no pueden ser evaluadas solamente por criterios matemáticos, aquellas políticas que se enfocaron a los derechos humanos , algo totalmente nuevo en este país, y que le dan el rótulo de Humana a esta administración, totalmente a la altura de los tiempos de la coyuntura nacional. La intervención en el Bronx, la implementación de jornada única en los colegios públicos de la ciudad, las políticas LGBTI que no dejaron de provocar controversia en los sectores más retardatarios, la política de juventud, los convenios con la universidad nacional para preparar a estudiantes de colegios públicos para los exámenes de admisión de las universidades públicas, el enfoque del contenido de la televisión pública con Canal Capital, etc. Todo ello se desconoce, y más sintomático aún resulta del decir mediático cuando se afirma que esos no son los “verdaderos” problemas de la ciudad y que son puras medidas populistas.

Por otro lado,  la “chambonada” que tanto se le achaca a la administración, parece ser más un slogan que se instituyó desde aquel episodio del cambio de operadores en la recolección de basuras, como una manera económica e irreflexiva  de juzgar la alcaldía y de instituir prejuicios en la jerga popular, que de ahí en adelante convirtió toda acción contundente en una especie de “eyaculación precoz” de la administración para alcanzar algún éxito que no podría ser conseguido de otra manera, sobre todo cuando se trataba de sobreponer los intereses colectivos sobre los privados: La construcción de vivienda de interés social en sectores de estratos altos fue tachada de chambonada por los locutores de Blu Radio disque por no haber tenido mayor planificación pues esas cosas “no se hacen así”, vomitando así toda su ideología Nestor Morales y su séquito,  rayando con lo absurdo; el cambio de operadores en la recolección de la basura  de igual manera fue calificado como tal por los montones de basura que dejaron los privados en su último día de operación; sucedió lo mismo con la construcción de bicicarriles en plena vía vehicular, aún cuando la política pública de movilidad es explícita en desestimular el uso del carro mediante mecanismos como esos, para lo cual se supone que fue elegida si es que tenemos en cuenta los mínimos supuestos de la democracia respecto de los programas de gobierno, etc.

Los medios de comunicación lograron imponer así una serie de fórmulas fáciles para descalficar a la alcaldía, utilizando adjetivos como el de “chambonada” para hablar de cada cosa que hacía la administración, y soslayando la evaluación de aquellas políticas que generaron un cambio cualitativo en la ciudadanía bogotana, incluso  afirmando que se había olvidado fomentar la cultura ciudadana, apelando a ese nefasto  fantasma bogotano de Mockus, que con su humanismo inconsecuente logró evadir la responsabilidad social de la alcaldía en su política pública, para embobar a todos con una pedagogía e ideología del “buen ciudadano”, y que para nada tuvo en cuenta los factores reales propicios para la construcción de ciudadanía, tales como la superación de la exclusión económica, social y cultural.

¿De qué se habla entonces cuando se tacha de ineficaz a esta administración? ¿son tan sólo los criterios técnicos de la administración los únicos capaces de evaluar un gobierno? ¿cómo evaluar una política pública de Derechos Humanos? Pero es el eficientismo lo que obscurece el panorama, y no es que no se deba hacer la evaluación con criterios técnicos, pero dice mucho de la crítica “experta”  y no por ello menos apolítica —como la que pretenden la mayoría de los economistas, y sobre todo los que a sí mismos se denominan malos economistas[2]— el que tengan criterios tan flojos y acríticos para hablar de un gobierno totalmente distinto a los que hemos tenido hasta ahora. No por ello debemos olvidar que esos criterios de “cientificidad”, supuestamente despojados de toda carga valorativa, no solamente esconden —no necesariamente de manera consciente— una total afirmación del actual estado de cosas, sino también sirven para moldear un hombre unidimensional[3], valorado solamente por la administración de su vida por la técnica y las cifras[4], que vivirá en la ciudad perfecta cuando los indicadores y las toneladas de cemento puedan ser equivalentes a un bienestar positivo, esto en términos de la diferencia matemática del costo-beneficio y no de diferencias cualitativas, propias de una visión integral del ser humano y el ciudadano.

[1] http://www.eltiempo.com/bogota/las-metas-de-bogota-durante-alcaldia-de-petro/15342066

[2] http://blogs.elespectador.com/el-mal-economista/2015/08/25/gracias-totales-alcalde-petro/

[3] Marcuse, Herbert “El hombre unidimensional”.

[4] https://mrmorlock.wordpress.com/2015/10/18/un-mundo-sin-un-logos/

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