Pegarse un tiro en la cabeza porque siempre desesperamos de nuestro yo: La desesperación en Kierkegaard.

 

Snatch pistola
Snatch (cerdos y diamantes) -Guy Ritchie

 

Por: Christian Castaño.

Existen diversas formas de suicidarse: cortarse las venas, tomar cicuta —si no nos acusan de un crimen que no cometimos­—, tirarse de un edificio, mediante sobredosis, etc. pero siempre me ha llamado la atención aquella modalidad de pegarse un tiro en la cabeza, directo en la sien. Esa manera de decirle adiós al mundo y de saludar quién sabe cuál otro, a diferencia de las otras modalidades, se me antoja la más estoica: el suicida, con rostro pétreo e inexpresivo, se pone el arma en la sien y jala el gatillo. En cambio, es difícil imaginarse a quien se tira de un puente sin gritar o sin hacer gestos de horror mientras cae, o imaginarse al que se corta las arterias con una minora sin llorar como una magdalena, sin estar empapado de lágrimas y sin un rostro de dolor no-físico. Siempre que pienso en alguien que decide pegarse un tiro en la cabeza, me lo represento como una persona que, después de intenso desgarramiento interno, después de la angustia y la desesperación, decide ponerle punto final al asunto, rápido, sencillo, pero de manera desesperada, sin darle un tinte de martirio heroico a su determinación. Quienes se suicidan de otra manera, por el contrario, parece que en el momento inmediatamente anterior  a hacer el corte, a beber la cicuta —“La muerte de Sócrates”—  o el veneno de preferencia, tienen una actitud más expresiva, de dolor, de rabia, de melancolía… en fin, no se matan con una cara de palo, y además, toman por objetivo alguna otra parte del cuerpo poco espiritual, como la muñeca, o todo el cuerpo contra el pavimento o algún despeñadero. No se dan directamente en el yo, aunque de paso lo sacrifiquen.

En todo caso, cualquier forma de suicidio es desesperación, pero no toda desesperación desemboca en el suicidio. Según Kierkegaard —para algunos el padre del existencialismo—, la desesperación es “la discordancia interna de una síntesis cuya relación se refiere a sí misma […] ¿de dónde viene entonces la desesperación? De la relación por la cual síntesis se refiere a sí misma” [1]. Dicha síntesis es el yo: “El yo es una relación que se refiere a sí misma o, dicho de otro modo, es en la relación la orientación interna de esa relación; el yo no es la relación, sino la relación en su retorno a sí misma. El hombre es una síntesis de lo infinito y lo finito, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad […]Así, por lo que respecta al alma, su relación con el cuerpo no es más que una simple relación. Si, a su vez, dicha relación se refiere a sí misma, ésta será un tercer término positivo y nosotros tendremos el yo”[2]. El yo es lo que hace posible la unión de los términos que constituyen al hombre, por ejemplo, necesidad y posibilidad, es decir, la unión de lo determinado concreto —lo que no puede cambiar—  y de lo que puede ser[3].  En tanto que esa relación se refiere a sí misma, es decir, se representa como algo que existe, entonces tenemos al yo[4]. Pero este desespera en la medida en que la discordancia de la síntesis que lo plantea hace prevalecer uno u otro término[5] y, por ejemplo para el caso de la relación posibilidad-necesidad, lo hace caer en la representación de un yo inexistente y totalmente imaginario cuando carece de necesidad, o en el fatalismo y en el trivialismo cuando carece de la posibilidad.

Por tal razón, es que la desesperación no es algo que nos viene de fuera, aunque pareciera, ya que la desesperación está en nosotros mismos en tanto que discordancia de la síntesis del yo, y esto se da en dos maneras, queriendo ser uno mismo y no queriendo serlo : “El hombre que desespera tiene un sujeto de desesperación […]Y así como antes, al desesperar de algo —siendo que en el fondo desesperaba de sí mismo— ahora pretende librarse de su yo […]La verdadera desesperación, por lo tanto, no consiste en desesperar del algo; esto es sólo su comienzo, la incubación, como dicen los médicos de una enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo […] La fórmula de toda desesperación consiste en querer deshacerse del yo, en desesperar de sí mismo. Aquella segunda modalidad —desesperar por querer ser uno mismo— se reduce a ella […]Quien desespera quiere, en su desesperación, ser él mismo” ´Y más adelante: “Ese yo, que ese desesperado quiere ser, es un yo que no es él, ya que querer ser verdaderamente el yo que se es, es justamente lo opuesto mismo de la desesperación. Así, lo que desea es separar su yo de su autor. Pero es aquí donde fracasa, a pesar de que desespera y no obstante los esfuerzos de la desesperación. Ese autor sigue siendo el más fuerte y la obliga a ser el yo que no quiere ser. Pero haciéndolo, el hombre desea siempre desprenderse de su yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención. Ser ese ‘yo’ que quiere forjaría todas sus delicias ­— aunque en otro sentido su caso habría sido también desesperado—, pero su martirio consiste en ese apremio suyo de ser el yo que no desea ser: no puede desembarazarse de sí mismo” [6].

Así las cosas, la desesperación de algo como la desgracia o el infortunio, es solamente la ocasión para desesperar en el auténtico sentido de la palabra, es decir, en desesperar de uno mismo, la desesperación no viene de afuera, como una causa externa sino que nos revela nuestra condición. Pero no toda desesperación desemboca en el suicidio, solo es posible en la desesperación en cuanto a lo eterno o de sí mismo. Esta desesperación es la contraria a la desesperación en cuanto a lo temporal, en la que se desespera solamente por salir de lo cotidiano porque no se tiene conciencia de la desesperación y solamente se la descubre en la ocasión de la desesperación, en el infortunio, o en “aquellas raras visitas al yo” que hace el desesperado para ver en su yo aquellas debilidades que lo sacan de lo inmediato, y de las cuales huye y prefiere no reconocer, no queriendo ser él mismo. En la desesperación de sí mismo, en cambio, el desesperado adquiere conciencia de su debilidad de desesperar de lo temporal[7] y, “Como un padre que deshereda a su hijo, el yo se niega a reconocerse después de tanta debilidad. Desesperado, no puede olvidarla, en cierto sentido se aborrece , no queriendo humillarse con su peso, como el creyente, para volverse a encontrar de este modo; no en su desesperación, ya no quiere oír hablar de sí mismo, no quiere saber nada de sí mismo”[8]. A esta desesperación Kierkegaard la califica de hermetismo, y se caracteriza por ser un grado más profunda que la desesperación en cuanto a lo temporal¸ pues es mucho más consciente de su yo. El hermético, entonces, se ocupa demasiado de su yo, y ocupa su tiempo tratando de negarse a ser él mismo, “aunque siéndolo bastante para amarse”. De ahí que también se preocupe por cerrarse a otros, por no dejarse evacuar por la indagación que otros quieren hacer de su yo, y su vida se vuelve un completo secreto para los demás. Entonces, si este hombre no se conduce hacia la fe —única salida de la desesperación—, puede tener dos salidas: 1) que su desesperación se condense en un grado más alto de conciencia sin dejar el hermetismo  —lo que puede llevarlo al suicidio—; o 2) lanzarse a la existencia a través del acometimiento de grandes obras y empresas “llegando a ser uno de esos espíritus inquietos cuya carrera —¡ay! — deja más de una huella”, o a través del libertinaje para retornar a lo temporal, a lo espontáneo, pero con la misma conciencia del yo que no quiere ser.

Se suicida este desesperado. ¿pero desesperaba de algo circunstancial? ¿Fue la caída en la desgracia lo que le llevó al suicidio? En todo caso desesperaba, como cualquier otro desesperado, de su yo. Lo mismo sucede con quien no tiene mayor conciencia de su desesperación o de su yo, y quien —como hemos hecho todos alguna vez— le atribuye su desesperación a una causa externa, a algo que le pasa y que irrumpe como algo excepcional en nuestra vida, como si antes se estuviera sano de la posibilidad de desesperar, como si solo se tratara de un designio del hado, o tal vez, de Dios. Entonces resulta sintomático de pegarse un tiro en la cabeza el hecho de darse directamente en el yo, y con esto no queremos decir que la representación de un yo sea tan solo un proceso cerebral  —como quisiera celebrarlo Mario Bunge y su materialismo ontológico incapaz de entender ninguna cosa—, sino que es un tiro directo a la conciencia, y mucho más paradigmático de la desesperación es aquel gesto “inocente” que hacemos cuando desesperamos de algo temporal, por banal que sea —como de aquellas aburridas cátedras obligatorias de la universidad—, haciendo una figura de pistola con la mano y apuntándola a nuestra cabeza para darnos un tiro imaginario, con rostro inexpresivo, para darle a entender a alguien que esa situación es insoportable, y que es preferible matarse de un tiro en el yo porque, sin saberlo, ante tal situación, descubrimos que desesperamos de nosotros mismos en esa circunstancia que es, a su vez, una insignificante ocasión para desesperar.

Pdta: Este ensayo de Kierkegaard puede desembocar en el deseo de convertirse en un buen cristiano, en uno de verdad, ya que es la única salida de la desesperación [9], y aunque ésta precaución podría ser categorizada de desesperación por el filósofo danés en tanto que desesperación en el pecado ante la presencia del Dios —el abandono positivo del cristianismo, el pecado de negarlo—, es importante hoy día, sobre todo cuando vemos —por lo menos en Occidente— el inevitable triunfo de sendos procesos históricos de secularización, contra los cuales despotricó el mismo Sören Kierkegaard denunciando el cristianismo burgués de su época.

[1] Kierkegaard, Sören. “Tratado de la desesperación”. Buenos Aires. Grafidco, 2007. Pp. 24.

[2] Ibid. Pp 21

[3] “Lo posible y la necesidad son igualmente esenciales al yo para devenir (porque ningún devenir, en efecto, existe para el yo si no es libre)”. Ibíd. pp. 46

[4] “Al igual que el yo, la imaginación también es reflexión y reproduce al yo”. Ibíd. pp. 41

[5] Esto para el capítulo especial que dedica Kierkegaard a hablar de la desesperación según los factores de la síntesis del yo: las relaciones finito-infinito, necesidad-posibilidad y temporal-eternidad. El libro hace un recorrido por la desesperación desde los Factores de la síntesis del yo, desde el ángulo de la conciencia (si se ignora o no el estado de desesperación o el yo eterno) y la desesperación en el pecado, todas en un orden ascendente respecto del grado de conciencia del yo que tiene su maximum ante la presencia de Dios.

[6] Ibíd. pp. 28, 29.

[7] “Por lo tanto, diferencia sólo relativa; la forma anterior [desesperación en cuanto a lo temporal] no superaba la conciencia de la debilidad, mientras que aquí la conciencia va más lejos y se condensa en una nueva conciencia, la de su debilidad. El desesperado ve por sí mismo su debilidad de tomar tan a pecho lo temporal, su debilidad de desesperar”. Ibíd. pp 74

[8] Pp.75

[9] “[…]el estado de un yo en el cual la desesperación está enteramente ausente. En su relación, consigo mismo, queriendo ser él mismo, el yo se sumerge a través de su propia transparencia en el poder que le ha planteado. Y a su vez, esta fórmula, como tantas veces lo hemos recordado, es la definición de la fe” pp. 153

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