“LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO” A propósito del tema “De la seducción” a partir de Jean Baudrillard.

gato

Por Christian Castaño.

Ésta frase, que comúnmente utilizamos para referirnos a aquellas situaciones en las que alguien  -incluso uno mismo- ha caído presa de la curiosidad respecto de alguna cosa, acarreando graves consecuencias –al menos en el plano retórico- para el curioso, tiene su origen en un refrán inglés del siglo XVI que rezaba “care kills a cat”, con un primer registro en una comedia de Ben Jonson llamada “Every man in his humour” , representada por la compañía de teatro de Shakespeare y en la que incluso el mismo célebre autor de Romeo y Julieta actuó[1]. Después de mucho tiempo el refrán cambiaría al conocido “curiosity killed the cat”  en el lenguaje cotidiano, y aunque  desconocemos la razón de ello, no debemos ser muy listos para adivinar la respuesta, pues a todos nos ha matado alguna vez la curiosidad, sobre todo en ese juego de la seducción, cuando alguien cae presa de otro que lo acecha –debo admitir que desgraciadamente no es mi caso-.

“Según los antiguos, la pantera es el único animal que emana un olor perfumado. Utiliza este perfume para capturar a sus víctimas. Le basta esconderse (pues su visión les aterroriza), y su perfume les embruja — trampa invisible en la que caen. Pero este poder de seducción puede volverse contra ella: se la caza atrayéndola con perfumes y aromas […]El perfume de la pantera también es un mensaje insensato — y, tras él, la pantera es invisible, como la mujer bajo el maquillaje. Tampoco se veía a las sirenas. El embrujo está hecho a partir de lo que está oculto” [2]. ¿Cuántas veces no nos hemos sentido atraídos por un gato? -Claro, no es lo mismo una pantera que un gato, pero la analogía puede ser válida ya que un felino tal nos aterrorizaría y no vivimos en la jungla-, ¿ese misterio del gato no es el mismo que nos seduce en la persona que nos fascina? Comentando a Freud, que se pregunta por el encanto del niño, el cual “reposa en gran parte sobre el hecho de que se basta a sí mismo, sobre su inaccesibilidad” , y por “el encanto de algunos animales que parecen no preocuparse de nosotros, como los gatos y los animales de presa” , Baudrillard afirma en “La crítica de la economía política del signo” , lo siguiente:

“Lo que nos fascina es siempre aquello que nos excluye radicalmente por su lógica o su perfección interna: una fórmula matemática, un sistema paranoico, un desierto de piedra, un objeto inútil, o también un cuerpo liso y sin orificios, desdoblado y redoblado por el espejo, destinado a la autosatisfacción perversa. Es acariciándose a sí misma, es por medio de la maniobra autoerótica como la strip-teaser suscita más eficazmente el deseo” [3]

Lo que nos fascina de aquella persona que deseamos en secreto, y tal vez, con la que estamos en ese juego que es el de la seducción –nunca un aparataje cultural que reprime el puro deseo sexual- , como lo que nos cautiva de los gatos, es esa despreocupación que tienen por nosotros, es esa exclusión que hacen de nuestra existencia en el silencio, o siendo esquivo/a ante cualquier intento de mirada por parte nuestra. Es la seducción en su despliegue, que se compone del “secreto y el desafío” : el primero como elemento que le da el carácter esotérico al seductor o la seductora frente al espectador que se queda impávido ante su silencio, ante su lejanía y su misterio (está oculto/a como la pantera o permanece pétreo/a como el gato o una estatua de la isla de pascua), que incluso se compone de ademanes lentos que dejan flotando algo en el aire cuando pasa, pero que no significan nada, que no son señales que nos den un vestigio de lo que parece ocultarse aunque no haya nada oculto, pues “Sólo nos absorben los signos vacíos, insensatos, absurdos, elípticos, sin referencias”  -es la historia del niño a quien el hada (maligna como se verá) le concederá un deseo a condición de no pensar nunca en el color rojo de la cola del zorro, lo cual se le vuelve imposible por aquella fuerza del significante insignificante que nos seduce porque no nos revela nada[4], ¿será la misma seducción del fruto prohibido del paraíso?-; el segundo –el desafío- como momento del juego en el que seductor/a y el seducido/a se convierten, ambos, en cazadores y presa: “Desafío y seducción están infinitamente próximos […] Debilidad calculada, debilidad incalculable: reto al otro a dejarse atrapar. Fallo o desfallecimiento: el perfume de la pantera, ¿no es una falla, un abismo al que los animales se acercan por vértigo? […] Seducir es fragilizar, Seducir es desfallecer. Seducimos por nuestra fragilidad, nunca por poderes o signos fuertes. Esta fragilidad es la que ponemos en juego en la seducción y la que le proporciona esta fuerza” [5].

 

Una amiga –realmente seductora- me comentaba hace unos días que no entendía cómo se había metido con un hombre que a la hora de la verdad no era “su” tipo. Me decía que la había atraído no solamente la apariencia, la belleza, sino también el hombre misterioso que no demostraba sus emociones –la ambivalencia, la contingencia-, quien no respondía de manera activa al desafío que le lanzaba ella como objeto de deseo, y que había terminado por aburrirla, por “desencantarla” cuando se dio cuenta de lo que era, cuando “descubrió” la verdad de su ser (seducir proviene de se-ducere: llevar a parte, y, según Baudrillard,  apartar algo de su verdad, y he allí la importancia de las apariencias), es decir, que esa persona no ocultaba nada, que simplemente permanecía en silencio. Ella finalizó su relato diciendo: “¿si ve? La curiosidad mató al gato”. Murió como seductora, y murió la seducción, pues se acaba el juego en el que ambos dejan algo al descubierto para atrapar al otro, alguien había caído –tal vez los dos-, ella como portadora del perfume que atrae a sus presas incautas al fascinarse por ese aroma del enigma que la llevó a ser apresada ¿quién no se desilusiona cuando lo joden después de una artimaña?.

“Amar es rondar sin descanso en torno de la impenetrabilidad de un ser” decía Nicolás Gómez Dávila –tal vez por eso le seducía la idea de Dios, porque no significaba nada– ,  y Baudrillard nos dice que “amar es un desafío y un poner algo en juego: desafío al otro de amarle a su vez — ser seducido es desafiar al otro a serlo”. La fascinación por lo que no podemos interpretar, por aquello que nos esquiva debido a su falta de sentido –lo que nos seduce no es lo que nos desea-, y que nos desafía a ser enigmáticos –tratar de cazar sin ser cazado-, a devolver el reto de la seducción –como en el juego de las miradas en el bus-, es lo que nos mantiene “vivitos y coleando”, pues es el juego mismo, el ritual, el que nos hace actuar, estar a la saga y “rondar la impenetrabilidad” de ese ser en particular que se nos muestra inasible. La muerte del gato es la muerte del seductor –la caída en la anatomía, en la pura satisfacción del deseo- , y como es relación dual, es también la muerte de la seducción. Es esa la razón por la que nos encantan las personas calladas, que se bastan a sí mismas, que “no miran a nadie”, es por ello que nos acercamos –casi nunca con cautela y cautivados por ese “aroma”-a ellas o nos preguntamos por ellas, y cuando por fin sabemos de esa persona, incluso nos desilusionamos. También por ello el lenguaje explícito no nos seduce, es la misma razón por la cual el simple deseo, sin un mínimo de secreto jamás trasciende “la anatomía”, y por eso es que se afirma, no sin razón, que la verdad o “el sentido de un discurso nunca ha seducido a nadie” , ya que solo nos atrae lo incomprensible o lo que no tiene significado, y aun así, el intento de ser explícitos recae en la seducción: “En una película americana: un tío liga con una tía, prudentemente, con modales. La tía contesta agresiva: «What do you want? Do you want to jump me? Then, change your approach! Say: I want jump you! Y el tío, molesto: «Yes, I want to jump you.» «Then, fuck yourself!» Y más tarde, cuando la trae en coche: «I make coffee, and then you can jump me», etc. De hecho, ese discurso cínico, que se pretende objetivo, funcional, anatómico y sin matices, es sólo un juego. Juego, desafío, provocación desfilan en filigrana. Su misma brutalidad es rica en inflexiones amorosas y de complicidad. Es una nueva forma de seducción”[6].

Pdta: Esta es una invitación para ser seductores en todo sentido –la seducción no es deseo sexual aunque pueda desembocar en el sexo-, y por sobre todo, para leer este fabuloso ensayo del siempre controversial Jean Baudrillard, que, entre otras, si estuviera vivo no pareciera molestarle el que le calificaran como un “simple seductor” en filosofía.

 

 

 

 

[1] http://www.phrases.org.uk/meanings/curiosity-killed-the-cat.html

[2] Baudrillard, Jean “De la seducción” Ediciones Cátedra S.A. 1987 Madrid. Págs 74-75.

[3] Baudrillard, Jean “Crítica de la Economía política del signo” Siglo XXI editores. 1999. Pág. 99.

[4] Baudrillard, Jean “De la seducción” Ediciones Cátedra S.A. 1987 Madrid. Pág 73.

[5] Ibíd. Pág 80

[6] Ibíd. 45

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