SURPLUS de Erik Gandini. El anticapitalismo romántico “ultraradical” hecho documental

surplus

Por: Christian Castaño.

El documental y casi video experimental realizado por Erik Gandini en 2003, es uno de los más renombrados trabajos audiovisuales en el ámbito de la discusión crítica frente al capitalismo imperante, y que hoy sobre todo, abre la discusión respecto de los modelos políticos y económicos que rigen el planeta en la sociedad global. Este largometraje inicia con las imágenes que nos dejaron las protestas contra la reunión del G8 en Génova en 2001, y el asesinato de Carlo Giulani en la revuelta ocasionada por los manifestantes, que mediante una distorsión de la imagen y acompañado por el single “Tríptico” de Gotan Project, genera la sensación de aumentar en el espectador el orgasmo libidinal y el caos de la protesta hasta su desenlace con los gritos de los manifestantes contra la policía italiana: “¡Polizia assassina!”. Por medio de la edición, Gandini pone contrastes entre el discurso oficial de Berlusconi frente a las protestas y los hechos reales en las manifestaciones de Génova, mostrando la brutal represión policial y el accionar del Black Block destruyendo los símbolos del consumo como su objetivo directo y , además, siendo ellos también el tema principal del documental.

 

Con esta introducción, a manera de ensayo –y qué ensayo[1]-, el largometraje nos presenta el testimonio de un Diógenes contemporáneo que predica una especie de cinismo anticapitalista, que enristra sus críticas al presente del ser humano en la vida de consumo, John Zerzan, a quién erróneamente se le adjudica parte de la responsabilidad de las protestas violentas frente al capitalismo, en Génova y en Seattle. En ésta pequeña cita de pie de página, de la mano de Zerzan, el reconocido primitivista que tiene por propuesta una regresión al “origen” prehistórico y el desmantelamiento de todo producto de la civilización –incluyendo los avances tecnológicos de los que se vale la industria capitalista mundial para la transformación de la naturaleza en valores de cambio-, Gandini nos lleva a una exposición muy inteligente y sarcástica de las falacias de la vida del ser humano en los tiempos actuales. Mediante el uso de fragmentos de propagandas de televisión y una superposición de audio con los discursos políticos de George Bush, Vladimir Putin y hasta Bill Gates, valiéndose del mismo método de la mercadotecnia y la psicología comercial, el documental devela con ironía los intereses reales de los estamentos de poder que rigen el mundo mediante la legitimidad de los organismos multilaterales, sin por ello caer en el conspiracionismo barato de “El mundo según monsanto”.

 

Con el uso de semejantes herramientas audiovisuales, bien logradas por Gandini, el documental consigue, mediante un ejercicio dialéctico de la ironía a la manera de Voltaire en el Cándido, mostrarnos -como a Pangloss- que no vivimos en el mejor de los mundos posibles sino en una tragedia universal, donde el dolor y la injusticia se hacen consignas de una revolución. Con tal motivo, durante toda la película, nos enfrentamos a ejercicios de confrontación entre la idea y lo real, que hacen despertar no solamente una carcajada sino un sentimiento de culpabilidad, pues nos hacemos conscientes de que eso que parece tan normal tiene tantos visos de irracionalismo que no podemos dejar de asombrarnos ante nuestra propia imagen con una botella de Coca-Cola y una Big Mac, o haciendo fila desde las cinco de la mañana para tomarnos un café en el nuevo Starbucks, ésta vez sin que muro de Berlín alguno haya caído. Sentimiento este que no deja de presentarse cada vez que vemos aquella escena –mi favorita- dedicada a una conferencia que Steve Ballmer ofrece a sus empleados cuando era director ejecutivo de Microsoft -hoy nuevo dueño de los Clippers de la NBA- , ilustrando la agitación de las conciencias mediante el discurso impetuoso y  frenético que exalta de manera grotesca a ese ejército de ingenieros con un “¡Come on!”  que se repite y que parece que invitara a marchar hacia una guerra.  Con una ligera inclinación del encuadre y un cambio en el contraste,  Gandini nos muestra a Ballmer dando gritos e increpando a sus trabajadores mientras corre en la tarima dando brincos como un maniático, y momentos después, en un instante de tensión, agarrando el micrófono, con su frente y sus axilas mojadas por el sudor excretado en ese momento de agresividad -que recuerda los dos minutos de odio que retrata Orwell en 1984 y de que se vale Herbert Marcuse para hablar de la agresividad en la sociedad posindustrial- diciendo, con respiración agitada:  “I have four words for you” , momento este en que se nos ofrece el mejor fragmento del largometraje, donde se intercalan cada una de las cuatro palabras que Ballmer le escupe al público con algunos cortes de vídeos de salud ocupacional, en los que trabajadores de la industria hacen ejercicios de distensión para soportar el cansancio generado por las largas horas de trabajo,  teniendo por fondo un remix que Kruder & Dorfmeister  hacen de la canción “Rollin on Chrome” de Aphrodelics; las cuatro palabras son : “I – LOVE – THIS – COMPANY…¡Yeah!” .

 

De esta manera, con ésta lúcida crítica que se vale de los propios argumentos de los dominadores, la obra nos lleva a reflexionar acerca del paralelo existente entre una vida ajena al consumo masivo de mercancías y una ya saciada del mismo, y nos encontramos de repente en Cuba ante un discurso de Fidel Castro, que se enristra frente al capitalismo –como es obvio- y a la vida de consumo, precedido por la imagen de montones de basura que producen las ciudades a diario, acompañada del testimonio de ciudadanos cubanos que comen todos los días nada más que fríjoles y arroz. En contraste, después se nos presenta a un joven multimillonario (¿ruso?) que ha perdido todo interés por el dinero y que prefiere llevar una vida sencilla con sus amigos, perdiendo el tiempo sin necesidad de gastar mucho, rentando un auto barato y retirándose a algún lugar deshabitado para acampar y, tal vez, fumar marihuana. Pero es ya este un momento en el que el frenesí se pierde y baja la velocidad de las imágenes y la creatividad del documentalista, agotando sus recursos, acudiendo después a mostrar con un tono de desolación a los trabajadores de la India que viven “al día” gracias a la chatarra producida por barcos oxidados, intercalando de manera afortunada la imagen y la banda sonora, difuminando así la diferencia entre la percepción objetiva y subjetiva de la explotación.

 

Al final aparece de nuevo Zerzan a manera de epílogo, haciendo algunas reflexiones acerca de las protestas a nivel mundial contra el capitalismo, aduciendo que éstas son sintomáticas de una realidad social innegable y que son útiles al violentar la propiedad privada y la industria de consumo, alejándose por fin de las manifestaciones de antaño en la que la gente solo lleva un cartel con un mensaje de indignación que en nada cambia la realidad actual. Y es allí donde aparece el romanticismo radical explícito del documental, cuando inserta en el final la imagen de un “bon sauvage” del neolítico -o algo parecido- llevándose una roca gigante para su cueva con el artificio sencillo de una rama de árbol que le ofrece la misma naturaleza: “La gente de hace dos millones de años no destruía el mundo natural, no había guerra, tenían tiempo libre, a eso se refiere el primitivismo, y creo que debería servir de inspiración” dice John Zerzan.

 

Es así que este trabajo, que es una mixtura entre documental, videoclip y video experimental, se nos ofrece un audiovisual con una problemática, una exposición de la misma y una crítica y posible solución, en este caso, innegablemente tomando partido por el anarquismo primitivista de Zerzan, por lo cual Surplus se asume como una oda al anticapitalismo romántico “ultraradical”, aquel que categorizó George Lukács en sus diversos estudios, y que definía así a aquella crítica al capitalismo que nace como nostalgia del pasado y que encontró defensa en algunos intelectuales del siglo XIX  que intentaban “reconstruir la aldea”, algunos de ellos que no escaparon de la implacable crítica de Marx en las glosas marginales. El epílogo primitivista del largometraje pretende darle relevancia a la solución que plantea el derrotero intelectual de la película, que es John Zerzan, incluso dándole demasiada importancia a sus críticas, muy propias de un cínico para quien nada de lo que hoy tenemos vale la pena conservarlo y que por eso sea de verdadera utilidad, cayendo así en una visión no sólo idílica, sino ideológica. Empero -y he aquí la invitación a descubrir el documental- es esto lo que lo hace atractivo, pues uno no puede ver Surplus sin remitirse –guardadas las proporciones- a esas deliciosas lecturas de Proudhon –el más romántico de los románticos y también criticado si no destrozado  por Marx- llenas de una retórica contestataria como ninguna y que denunciaban con la mejor poesía prosaica al propietario déspota, llenas de silogismos que sirven a cualquier agitador para contradecir los pobres y apresurados argumentos de cualquier defensor del statu quo en cualquier mitín anticapitalista; al ver Surplus, uno debe remitirse entonces a la lectura de la Utopia de Tomás Moro y al recuerdo de Saint Simón o los ludistas –que como Zerzan querían acabar con los avances tecnológicos que oprimían la fuerza de trabajo artesanal- , incluso añorando al cristianismo primitivo de las comunidades secretas de Roma o al comunismo primitivo de Engels –este último ningún romántico-, y de allí pasar, sin asco ninguno, a las exaltaciones del  instinto salvaje que han hecho los liberales románticos como Rousseau, o hasta a la actitud del mismo Diógenes y algunos sofistas de la antigua Grecia, y todo ello como haciendo una loa sentimental y puramente ornamental a algo que provoca emociones profundas frente a la injusticia de las desigualdades reales en el capitalismo, convirtiendo así a Surplus en una más de esas lecturas placenteras que hacemos contra el sistema sin por ello sacar reflexiones realmente trascendentales que den cuenta de posibles alternativas para cambiar el mundo.

 

Pdta: En tanto que es un documental singular y muy vanguardista con pocas reflexiones para la acción, es muy recomendable verlo con los lentes del algún efecto psicotrópico y con audífonos, no sólo para sentir los bajos sensacionales de la banda sonora, sino también porque el audio original es muy pobre en calidad.

 

        [1]                     No me refiero al artículo, no es siquiera un esbozo de ensayo.

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